jueves, 31 de diciembre de 2009

La noche de San Silvestre

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—Ya has visto que puedo detener el tiempo. Así detenido, no hay amenaza que te aceche ni peligro que te alcance —advirtió la anciana a la muchacha. Y añadió:— Observa que, así detenido, no existirá misterio qué resolver, ni ansias por buscarlo; no sentirás dolor ni nostalgia, conocer el placer jamás te será dado… Por no haber servidumbre, tampoco se otorgan privilegios para nadie; la riqueza no se diferencia de la pobreza, ni la más amarga tristeza de la alegría más intensa…
>>¡Eres tan joven, querida niña! Nunca la vejez rozará tu rostro, la sonrisa o el tenue temblor en tus labios permanecerá eterno sin que la fealdad le preste el nombre… ¡La fealdad…!, ni tampoco la sabiduría de la experiencia.
—Pero no veo inconveniente en eso que me expones —murmuró la muchacha, de pronto temerosa.
—¡Escucha, pues el tiempo apremia y ya cae la noche en el bosque! —urgió la anciana—. Tal vez algún muchacho te aguarde al tomar cualquier sendero; un muchacho capaz de amar incondicionalmente, alguien que al mirarte busque en ti la respuesta a todos los misterios… y comprenda que eres tú misma la respuesta.
—¿Alguien así podría esperarme? —preguntó la muchacha, la mirada brillante.
—He dicho tal vez, mi niña… Nada tenemos cierto entre las manos, ni siquiera esas bayas de acebo que has recogido del árbol y que custodias con tal determinación que nadie osaría arrebatarte.
Continuaron caminando sendero adelante, por el lindero del bosque donde se entremezclaban realidad y magia.
—Pues parece sencillo comprobarlo —dijo la muchacha, y de pronto echó a correr, saltando y cantando, lanzando al aire las rojas pepitas de acebo, el árbol de las hadas—. ¡Que gire el tiempo, abuela, quiero que gire y siga corriendo!
—Sea así, niña querida —aceptó la anciana—. San Silvestre, que cierra un ciclo en esta noche estrellada, consienta que la rueda gire de nuevo.
La anciana apoyó un brazo en la muchacha, como si en ella hallara continuidad, y comenzaron ambas a contar, al unísono, hacia atrás… doce, once, diez, nueve, ocho, siete, seis, cinco… y el tiempo, que pudo haberse hecho impasible, eterno, se hizo efímero, lento, raudo, pasajero… cuatro, tres, dos… y ya nunca se detiene.


Procuren que el tiempo no se les detenga,
caminen, giren en esa esquina, rodeen ese árbol...
Vivan.

Les deseo el más venturoso de los años.

Y muchísimas gracias por estar ahí, cerca.

Hasta el año próximo.
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martes, 22 de diciembre de 2009

Porque me mira con sus ojos


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Vendría a visitarla, como cada tarde. La adoraba. Le traería flores, hojas secas que encontraba en el parque, muestras de un otoño que este último año se adelantaba pretendiendo ganarles la batalla; libros e historias maravillosas en las que soñarse eternamente reales, música sublime compuesta con dolor o acaso rabia, compromiso y constancia… Vendría a visitarla y se quedaría con ella hasta altas horas de la madrugada. Si sirviera de algo, a la noche le robaría una estrella, le arrancaría la eternidad si la redimiese con ello de esta sentencia implacable.

No ignora que se muere, que su luz se apaga. Hoy, tal vez mañana. Y, sin embargo, adivinar sus pasos en el corredor, acercándose, bastan para que el mundo se detenga y ella, aunque agotadas las fuerzas, avance hasta echarse en sus brazos. Sonríe a la enfermera, le ruega que retire aquel estuche mágico que hace posible el cambio: maquillaje, lápiz de labios, un rubor con el que simular unas mejillas saludables, también el perfume caro. Un último retoque al peinado y, girando el espejo, la enferma es Alicia al otro lado.

—¡Soy tan feliz! —exclama, la respiración entrecortada. Y observa cómo la enfermera innecesariamente se acicala, como si también ella aguardara…

—¿Cuál es el secreto? —pregunta la enfermera, de verdad intrigada. No acaba de entender dónde encuentra fortaleza esta mujer enamorada.

—No hay secreto alguno. Soy feliz y afortunada porque, cuando se abra esa puerta y nos mire, sus ojos dirán otra vez cuánto me ama.



Lillian Westcott Hale
"The convalescent", 1906

jueves, 17 de diciembre de 2009

Ese beso

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Debería sentirse caricia y, sin embargo,
sabe a amenaza.

Pablo Picasso
"El beso", 1969

lunes, 14 de diciembre de 2009

Conjuro


Y cuando este brebaje baje por nuestras gargantas,
quedaremos libres de los males de nuestra alma
y de todo embrujamiento.

- Conjuro de la Queimada, fragmento -



Otro verano, quizás un amigo, tal vez adversarios, es el pensamiento que cruza por la mente de Roy en el instante justo de poner los pies en la calle. Le aguarda fiesta en la playa hasta por la mañana, con sexo y alcohol garantizados. Sus primos, con los que no congenia, lo han invitado un poco a la fuerza y él no ha sabido cómo negarse.
Si alguna vez le preguntan, le basta esbozar una media sonrisa para soslayar el tema intratable. Pero esta noche de junio —en una playa colmada de rituales hogueras y su ancestral magia, el alcohol fluyendo por venas adolescentes cual fuego desatado, las palabras del conjuro acaso surten efecto ahuyentando demonios, temores e incluso rencores—, cuando escucha aquella voz diciendo entre risas y a la vez enfadada: “Eh, que yo soy chica de internado”, Roy busca a la muchacha con la mirada. Y cuando sus ojos se encuentran, la sonrisa entornada de ella demuestra mejor que mil palabras haber reconocido en él un alma gemela, atormentada. En ese brevísimo lapsus comprenden ambos la realidad que les hermana: conscientes de haber sido un estorbo que debía ser apartado, han asistido a sus años de internado sintiéndose extraños, ajenos, olvidados y son todavía, en definitiva, dos chicos solitarios que, aun entre la multitud, se ocultan y apartan.
—Suiza, pero nada demasiado exclusivo —dice ella por entre el tumulto de las conversaciones—. ¿Y tú?
Él, que nunca da nada de sí voluntariamente, responde, evasivo:
—Una ciudad de provincias.
—¿Y el verano? —apremia ella—. ¿Dónde pasabas los veranos?
Un instante empleado en beber unas gotas de aguardiente del mismísimo infierno mutan la respuesta que baila en sus labios.
—En un castillo encantado —dice Roy mostrando una luminosa sonrisa. Y luego aún se sorprende a sí mismo sincerándose acaso por primera vez:— Mi padre no llegó a casarse con mi madre. El era aristócrata, ella plebeya. Era el rey del castillo, tenía dos lacayos, y los tres se pasaban el día borrachos…
Roy, que ha vivido una inhóspita infancia, por no querer recordar ha disfrazado tanto sus veranos que podría contar sobre ellos fabulosas historias que nadie creería veraces… La chica sonríe y va a sentarse a su lado; dice llamarse Coco y siente al hablar cómo le arde la garganta, pero lo invita a continuar su historia de fantasmas. El, sin embargo, pregunta con voz apenas audible:
—¿Una triste infancia?
Coco se encoge de hombros y calla; se tiende en la arena acomodando la cabeza en una mochila para tener mejor perspectiva de la luna y las estrellas convocadas a la queimada de esta noche en la playa. Roy reposa su cabeza junto a la de ella y deja que se desvanezcan las voces, la música y los ecos hasta que la fiesta es un arrullo que viene de lejos y lo transporta a otra época no muy lejana.
—Los cimientos de mi castillo datan del siglo XVI, pero el edificio actual es de finales del XIX. Es una inmensa fortaleza perfectamente conservada, ¿sabes? —comienza a explicar, los ojos bien abiertos, fijos en la distancia—. Se asoma sobre el mar desde una inmensa terraza protegida por una simple baranda, el viento podría apresarte y arrastrarte, sostenerte o arrojarte a los abismos... En las noches sin luna, en los días de niebla, es como navegar en la proa de un barco sin rumbo. ¿Recuerdas la famosa escena de Titanic? La película… ¡La de veces que estuve a punto de caerme sin posibilidad de que nadie descubriera mi triste final!
Mientras Coco asiente con la nostalgia de quien imagina algo ignorado, algo imposible que siempre se le ha negado, Roy entorna los ojos; por su expresión diríase que contempla sus recuerdos.
—Teníamos un embarcadero, incluso una pequeña cala privada… Aunque el acceso no era fácil, algunas personas aprovechaban la bajamar para pasar, se bañaban y tomaban el sol, desnudos… Yo fingía no verlos, nunca les denunciaba a los guardias. Prefería observar las estrellas —admite, suavemente, como reconociendo un defecto, una falta por la que pudieran reprenderle.
Los límites los imponía la noche, recuerda Roy, sólo ella. Porque nadie le indicaba jamás cuándo dormir, cuándo despertar, qué comer, el tiempo de estudio, las horas de jugar y ocultarse…
—¡Así pasabas tus días! —exclama Coco con admiración no exenta de envidia—. Dime, ¿de qué otra forma te entretenías?
—Me perdía en el castillo… —responde Roy—, cada día en un sitio distinto.
Le habla entonces de las mil maneras que tenía de perderse, de lo sencillo que era desvanecerse en la inmensidad del castillo paterno; pero lo que no le dice es que el juego dejó pronto de divertirle, cuando comprendió que lo esencial del mismo era la emoción de saberse buscado y encontrado, que lo importante tras separarse o perderse, es el reencuentro. Y él, pues nadie le buscaba, sencillamente daba por finalizado el juego cuando se sentía aburrido y cansado, conscientemente ignorado, un niño olvidado.
—Tuvimos algún que otro prisionero ilustre… ¡Y los cañones habrían funcionado! Siempre se conservaron en perfecto estado, como todo lo demás; me gustaba apuntar con ellos cualquier lugar e imaginar cómo sería borrarlo del mapa… —y así, cual adolescente convertido en experimentado anciano, inventa para Coco infinitas batallas, imposibles, inverosímiles, con las que entretener esta noche que pasan en la playa, bajo las estrellas del verano.
Roy, que apenas entiende la súbita pregunta, se toma un tiempo para responder.
—¿Ahora? —pregunta a su vez, y su voz parece estremecerse por el rechazo—. No quiero ni pensar en volver, para nada.
—¡A ver si va a existir de verdad ese castillo...! —ríe Coco poniéndose de pronto en pie.
—¡Claro que existe! Lo último que supe de él es que ha sido adquirido por una cadena hotelera, pero los asuntos burocráticos lo han condenado al más absoluto abandono… a la irreparable ruina del tiempo implacable.
Coco ofrece una mano a Roy, que se impulsa en ella para levantarse, y cuando los ojos de ambos se sitúan a la misma altura, Coco dice guiñando un ojo:
—¿Pues sabes una cosa? Mañana comprobarás que ese brebaje que compartimos hace un rato ha borrado tu castillo y los malos recuerdos de nuestras almas. Créeme, chico, porque soy una meiga disfrazada.
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viernes, 11 de diciembre de 2009

La madre

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De un día para otro,
cual un secreto que de pronto estalla,
la vida se le reveló en la cara:

la edad,
los sucesivos días, todos iguales,
cada herida recibida, todo daño,
el intenso dolor que anula el recuerdo atesorado
de cuanto le fue grato.

De un día para otro
la vida se le reveló en la cara,
y ya nunca jamás pudo ocultarla.


Rembrandt
Rembrandt's mother reading, 1629

lunes, 7 de diciembre de 2009

Alectrión, el nacimiento del día

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Cuentan los viejos pergaminos cómo, después de haberse citado con Afrodita, el belicoso Ares encargó a su confidente Alectrión que custodiara las puertas del palacio de la más bella entre las diosas para no ser sorprendidos por la llegada del Sol. Ocurrió, sin embargo, que Helios burló al joven vigilante presentándose oculto tras una nube y fue así que pudo sorprender a los amantes en el momento de la traición; denunciado el hecho ante el esposo de Afrodita, el lisiado Hefesto, éste tejió una fina red de plata con la que envolvió a los amantes y los expuso a la vista del Olimpo para su vergüenza y escarnio.

Pasado un tiempo, olvidada la burla y la humillación, olvidado acaso su amor por Afrodita, quizá recluida todavía en alguno de sus templos en la isla de Chipre, lo que Ares no olvidó fue su venganza. Buscó a quien fuera su fiel confidente y transformó a Alectrión en gallo, condenándolo por toda la eternidad a cumplir con el ritual de anunciar cada mañana la llegada del sol.

De esta historia se derivan ciertas cuestiones, pero dejando de lado las que se refieren a la traición urdida por los amantes, al engaño, quién fue burlador y quién burlado, qué justo castigo merecieron los dioses implicados si merecieron alguno, cómo los dioses celebraban la caída en desgracia de sus hermanos, yo me planteo un único aspecto, el que considero más importante:

¿Fue realmente castigado Alectrión o, por el contrario, resultó honrado?

Porque, ¿acaso no es un privilegio anunciar la salida del Sol, el advenimiento de la luz, su dominio sobre las tinieblas, la rendición del oscuro e incierto reino de la noche que acepta doblegarse ante la diafanidad de una mañana devenida esperanza?

jueves, 3 de diciembre de 2009

Vínculo de sangre

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—Oye, tenías que haberlo visto —insistió Elías todavía excitado—, no vale con que yo te diga… no puedes hacerte una idea.
—Claro que puedo —respondió Miguel—. Conozco perfectamente a Mauro y puedo verlo ascender calle arriba, la gente agolpada en las aceras, en silencio… y al niño en sus brazos.
—¿Pero es que no me escuchas? ¡Te digo que no era un niño! Era un muñeco, y bien feo, además… Por eso fue extraordinario… algo nunca visto… ¡real!
—Sí, tan real como que algún día alguien os hará pagar por esas bromas de mal gusto. ¿O acaso alguien rió la gracia, eh? Dime, ¿alguien se rió al descubrir que todo era falso, un burdo y cruel simulacro? ¡Un niño ahogado!
Y Miguel se hizo a un lado sintiendo de repente un extraño rechazo hacia quien era sangre de su sangre, pensando que parecía imposible que fueran hermanos… Le decían que tuviera paciencia, que Elías habría de madurar algún día; inútil era cuánto ahora le dijera, ya fuera como explicación o como simple advertencia. Pero a veces le preocupaba tanto la posibilidad de que Elías no alcanzara a hacerse una idea de lo que le aguardaba, de lo que la vida le deparaba si no rectificaba, que Miguel acababa temblando, llorando, y entonces volvía corriendo a su lado, sintiéndose débil y cobarde, incapaz de abandonar a su hermano.


sábado, 28 de noviembre de 2009

El ritual del sábado

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El ritual del sábado era muy breve.
Si durara más tiempo,
algo en su interior acabaría de romperse
y se quedaría allí, indiferente
a todo, para siempre.
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Fotografía
David Marquez - La Recoleta

martes, 24 de noviembre de 2009

Sobre la fragilidad

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Su destino parecía seguir idéntico curso, ni siquiera ellos mismos se cuestionaran que pudiera suceder de otro modo. No parecían existir el uno sin el otro. Sin embargo, esta tarde aguardaban que el anciano les hablara, que les interrogara hasta conocer y comprender la razón por la que habían roto su compromiso matrimonial tan bruscamente, cuando ya los preparativos para la ceremonia y el banquete estaban culminados, que intentara averiguar quien era el responsable y que, finalmente, procurara convencerles para que todo retornara a su orden natural, correcto.

Pero pasearon de un lado al otro del claustro en prolongado silencio, el anciano flanqueado por Kalen y Kendra, ambos igualmente altos y esbeltos, rubios y bellos, hasta regresar al pequeño jardín que todavía cultivaba con sus manos, y donde una hermosa acacia extendía su sombra sobre un estanque de límpidas aguas. El anciano introdujo una mano en el agua y observó, la superficie quebrada, las ondas que se extendían y multiplicaban.

—Cuando el espejo se rompe, ¿es suya la culpa por ser vidrio o somos nosotros los culpables por no apreciar su fragilidad y manipularlo sin la debida atención y cuidado? —inquirió el maestro—. De igual forma… cuando la amistad, el amor o un alma se rompe, ¿quién es el culpable?

Y con un gesto muy leve indicó a los dos jóvenes que se alejaran.


viernes, 20 de noviembre de 2009

La gran sombra

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Querida vida, miedo terrible.
¿Me has convidado a tu casa para tenerme
por esta sombra eternamente sometida?
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Johan H. W. Tischbein
La gran sombra, 1805

martes, 17 de noviembre de 2009

Mi reino por un espejo

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… y por tapiar un estanque,
no conoció Raiolán
el espejo de unos ojos
a los que asomarse.

Balada de Raiolán, la triste
(fragmento)


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Ocurrió que la nodriza era demasiado mayor y sorda. La princesita era tan bella, la reina había muerto en el parto, y la anciana tan sólo pretendía protegerla en su desamparo. Por eso cuando escuchó el augurio de la madrina diciendo que llegaría el día en que Raiolán hallaría un sapo en el fondo de un estanque… sencillamente se asustó tanto que, sin querer escuchar el resto del vaticinio, lloró amargamente por el destino que aguardaba a la desvalida criatura.

Pero pese a todas la precauciones del aya, torcidas por voluntad más poderosa que los buenos deseos que la guiaban, llegó el día en que Raiolán se asomó al interior del estanque y descubrió en el fondo, entre las ondas del agua, un ser que le pareció reconocer deforme y repulsivo, y aunque de algún modo la atraía hasta casi hechizarla por obra de un inexplicable encanto, el horror la empujó finalmente a alejarse. Y corrió y corrió hasta encerrase en el seguro refugio de sus aposentos, en lo alto de la solitaria torre que coronaba el castillo, exenta de comodidades reales.

—¿Qué es lo que he visto en el estanque? —preguntó más tarde Raiolán a la reina viuda, su madrastra—. ¿Qué secretos terribles allí se guardan?

—A vos misma os visteis —respondió la madrastra, que odiaba a Raiolán con toda el alma—, fue vuestro reflejo el que mirasteis.

La crueldad de la madrastra halló eco en la ingenuidad de la princesa, que creyó en la verdad de sus palabras. Y pasó un tiempo y Raiolán, incapaz de evitar la hipnótica atracción que sentía por mirarse nuevamente reflejada en el fondo del estanque, ordenó que todos sin excepción fueran tapiados de inmediato, incluso todos los pozos, las fuentes y regatos. También mandó retirar los espejos que adornaban las estancias de su casa, prohibió su uso y amenazó con castigo extremo, algo inusitado en una jovencita de carácter hasta entonces sensible y tierno.

Cuando la infeliz Raiolán falleció, ya anciana y sola, conocía de la existencia de los sapos, de repulsiva apariencia, de tacto desagradable, pues no era extraño verlos asomar por corredores y salones de su castillo desvencijado. De lo que nunca supo fue de la belleza que guardaba en sí misma, ni del vaticinio que acabó malogrado por el empleo de muy malas artes. Hubo piedad, sin embargo, en el hecho de que ignorara ese secreto que todo el mundo sabe, el que dice que a todos nos aguarda un sapo encantado, realmente mágico, destinado a transformarse con un beso en el príncipe que camina a nuestro paso hacia un destino rosado.

viernes, 13 de noviembre de 2009

El contrato

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—Supe desde el principio que fracasaría contigo —los atractivos rasgos de Oblivio se difuminaban en lo que no disimulaba una horrenda apariencia, al igual que su voz, suave y próxima, no ocultaba una cavernosa procedencia. La encantadora sonrisa se había tornado rictus al escuchar la petición del anciano, su empeño.
Se paseó, impaciente, de un extremo al otro de la estancia. Prendió luz en una lámpara que amortiguara las tinieblas, escanció un oscuro licor en copa tallada, añeja y valiosa y bebió largamente, cual si nada hubiera de saciarle, aunque de algún modo pareció aplacarse.
—Incluso pensé en la conveniencia de repetir el proceso —añadió entonces—, pero no era cuestión de darte más de aquello por lo que habías pagado, al fin sólo pretendías el sosiego del olvido, no sumirte en el descanso eterno de la muerte.
—Devuélveme mis recuerdos —insistió Memoro sin osar fijar la mirada en los ojos de Oblivio, donde no ignoraba se ocultaba el mayor peligro—. Es viernes, trece, y medianoche, así consta en el contrato.
—¿Acaso no has sido feliz a mi lado? ¿No te he ofrecido todo cuanto me has pedido? —preguntó el hechicero con feroz sonrisa, ignorando el pliego de papel que le ofrecía aquel hombre de apergaminado rostro y cabellos canos—. ¿Estás seguro de que es recordar lo que en verdad deseas? ¿Merecerá la pena recuperar inciertas alegrías, un dolor asegurado, el sufrimiento, la conciencia de la desgracia…?
Llevaba tanto tiempo aguardando este momento, tan larga eternidad teñida de impaciencia, que ahora que finalmente Oblivio había comenzado a desabotonar el oscuro manto con que habitualmente se embozaba para resguardar la memoria de todo y los recuerdos ajenos, el anciano Memoro podía incluso permitirse dudar.
—Reniego de esta existencia suspendida entre sombras y en medio de la nada. Es mi vida la que quiero, la que en un momento de debilidad me arrebataste —respondió Memoro, sin embargo—. Devuélveme todos mis recuerdos, sean de felicidad, o bien de infinito sufrimiento.
Y fue así que Oblivio, Señor del Olvido, ahuecó su manto con aburrido gesto (quizá más satisfecho que decepcionado por cuanto no había errado en su impresión respecto a la elección de Memoro), y la memoria de los días y años pasados retornó al anciano.

Cueva de Ekocjan - Eslovenia

sábado, 7 de noviembre de 2009

Capricho creador

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Con dos trazos le dio la vida.
Mas en seguida,
viendo que no respondía a sus expectativas,
con ceñudo gesto se la arrebató sin compasión.


Salvador Dalí
Rostro de hormigas, 1936

jueves, 5 de noviembre de 2009

El legado

Y llegó el día en que todo estuvo dispuesto para la celebración de la ancestral tradición en virtud de la cual el padre transmitía al hijo un secreto familiar que el joven habría de guardar orgullosamente, pues sólo ése era su cometido.
—Deberás proteger nuestro secreto, empeñando en ello incluso tu propia vida —dijo el padre con voz que apenas quebró el inmenso silencio de la estancia vacía, libre de testigos—. Eres ya un hombre, hijo mío, y desde mañana recaerá sobre ti la responsabilidad de su custodia.
—No quiero conocer ese secreto —repuso el hijo sin permitir que la estupefacta mirada de su padre minara su determinación.
—¡Representa el mayor de los honores! ¿Cómo se te ocurre que puedes rechazarlo? —preguntó el padre, severa la expresión.
—Padre, por favor —rogó el muchacho antes de explicar su razón para negarse—. ¿No comprendes que aceptar ese antiguo honor me convertirá, más que en centinela, en esclavo del secreto?

sábado, 31 de octubre de 2009

Marioneta

—¡Por favor, por favor, mira de ocultar al menos los hilos…! —rogó Aurora desde su posición de incómodo equilibrio justo al borde de la mesa, desmadejada su cansada figura.
—Pero, ¿quién te crees que eres? —respondió airado el viejo Sand, el titiritero—. ¿Has olvidado acaso que no gobiernas tu vida? ¡Me perteneces!
—Cierto es que mi vida se apaga sólo con que tú lo quieras —admitió Aurora. Y añadió con un tono de voz que pretendía sonara meloso:— Sin embargo, es bien poco lo que te pide tu baronesa… que no se vean los hilos con que la guías cuando va al encuentro del príncipe…
Pero el hombre que precisamente por tener aquellos hilos entre sus manos se creía un dios, llevó una copa de vino a la boca, que temblaba de necesidad, y tras un largo sorbo que no logró saciarle, sonrió tan cruelmente que Aurora se estremeció de temor.
—Dicen que Dios aprieta pero no ahoga… —murmuró Aurora en un impulso, un arrebato de rebeldía cuyas consecuencias, estaba segura, no desmerecerían una larga vida de ataduras.
Cuando el ebrio manotazo que Sand propinó a Aurora la hizo perder su frágil equilibrio, el hombre-dios logró sujetarla justo antes de alcanzar el suelo; mas para ella no había remedio. Sand tensó ligeramente los hilos al principio, luego más y más, con rabia y furia creciente hasta que al otro extremo del hilo no se produjo respuesta.
En el espectáculo de aquella tarde, el príncipe aguardó impaciente que la bella baronesa fuera a su encuentro, tal y como venía haciendo hasta tres o cuatro veces cada tarde desde hacía demasiado tiempo… El titiritero sintió una extraña satisfacción al representar la frustración por la espera, la tristeza y el anhelo insatisfecho del articulado muñeco; no supo sentir culpa ni compasión por el final de la baronesa Aurora, la obediente marioneta que, yerta, rota, yacía en el suelo de su barraca.

Sophie Taeube-Arp
"King Deramo"

lunes, 19 de octubre de 2009

Cosa de hombres (La Ausencia, a tres voces)

Esta mañana, a la vuelta de la ducha, el padre ha seguido pasillo adelante y ha ido a encender la luz en una habitación ahora vacía; allí ha permanecido de pie, mucho rato, con la mirada perdida, reconstruyendo lo que ya sólo el recuerdo permite, acaso preguntándose cómo fue posible que aquella otra mañana, tan temprano como hoy mismo, mirara dormir a su hijo sin percibir que su sueño era distinto.

Esta mañana, el abuelo estrena zapatos. Les da el visto bueno, son cómodos. Por eso, cuando asiente y sonríe, nadie le dice. Si supiera que antes que él los ha calzado su nieto, olvidaría toda noción aprendida, el instintivo acto de caminar; caería al suelo, vencido, cual atravesado por una lanza de hierro maldito.

Esta mañana, el hermano vuelve a fingir la valentía que no siente; viste la coraza que encubre su dolor, sus miedos, aquello todo que tanto le duele aunque sus manos avancen a ciegas, abiertas…

Y así, doblegados por La Ausencia, tratando de hacerle un hueco en sus vidas, van pasando los días. Algunos son tan tranquilos que incluso halla un resquicio la risa, otros son turbulentos, conformados a base de una rabia infinita, y la misma pesadilla.

Daniel Bathaver - "Ocaso"

miércoles, 14 de octubre de 2009

Reproche

—¿Has dejado de amarme? —reclamó ella de pronto, interrumpiendo la lectura del libro en que a él le había parecido enfrascada, la voz más que los ojos próximos al llanto—. Ya nunca me lo dices…
—¡Por supuesto que te amo! —se apresuró a responder él—. Aunque, seamos sinceros, quizás es verdad que te amo de otro modo, mejor sin duda alguna…
Y añadió, satisfecho:
—¡Pero si es obvio!
—¿Obvio? —inquirió ella—. ¿En qué es obvio? ¿En la forma en que esperas encontrar cada día la comida en la mesa, en tener la ropa planchada…? ¿En la forma en que te vas por la noche a la cama sin siquiera aguardarme o cuando apagas la luz y te duermes mientras yo compruebo el despertador que ha de ponerte en pie por la mañana? ¿En todo eso encuentras obvio que me amas?
—Yo sé que tú me amas —adujo él, confundido—. Lo leo cada día en tus gestos, tus atenciones, en tu mirada. Pensé que también yo sabía hablar sin emplear una palabra.
Apartó todo obstáculo que los alejaba, periódicos y revistas, libros, objetos diversos y gafas, la incomunicación acumulada, la rodeó con sus brazos mientras murmuraba en su oído palabras entre ellos ya casi olvidadas. Trastabilló en el momento de incorporarse, cuando ella, risueña, preguntó si era hora de irse a la cama. El respondió que sí, con una condición.
—Que antes bailemos un tango… —dijo.
Y enlazados sus cuerpos para el baile, al fin se entendieron nuevamente sin palabras.

Para Anjanuca,
que sé que le gusta el tango.
Y mis cuentos…


Virginia Palomeque - Tango

sábado, 10 de octubre de 2009

Al otro lado del río

(…) me dijo el barquero:
las niñas bonitas no pagan con dinero.
(Canción infantil)



Habituada a que se cumplieran sus deseos y caprichos incluso antes de ser formulados, la bella princesa urgió al barquero:
—Llévame al otro lado del río, ¡presto!
—Pero, ¿no queréis conocer antes el precio? —preguntó el barquero, de torvo aspecto.
La princesa dejó oír una cantarina risa que creció en la noche y sobre el río. Con gesto orgulloso tomó asiento en el mismo centro de aquella barca desvencijada y vieja.
—Cueste lo que cueste, viejo barquero, pues no ignoras que soy la única hija de tus reyes —respondió. Y urgió, nuevamente:— ¡Date prisa! Al otro lado del río me aguarda el príncipe al que quiero.
—Pero no es el que vuestros padres eligieron; ni siquiera el que, por más que os ame, es quien más os conviene —murmuró, ladino, el barquero.
—¡Basta de charla, barquero! —exclamó la princesa, impaciente—. Haced lo que se os ordena, y en silencio.
—Así sea, princesa. Mas, os advierto que cumplir vuestra voluntad tiene un precio que no se paga con monedas.
El viejo barquero guardó entonces silencio y, tras tomar impulso para alejarse de la orilla, comenzó a remar con impensable fortaleza en alguien de su edad y apariencia.
Y ocurrió que al llegar a la orilla opuesta del río, tras un trayecto que se le representó eterno, la joven princesa ya era vieja; había pagado el precio de su empeño perdiendo lozanía, juventud y belleza.

Spencer Stanhome
Caronte y Psique, 1890

miércoles, 7 de octubre de 2009

Caimán

Que le llamaran “Caimán” no era casualidad. El nombre y la fama se los había ganado a pulso y no precisamente por su aspecto de hombre pequeño, nariz chata o los pies planos una vez incómodos y ahora siempre a sus anchas dentro de un zapato italiano, remate a los clásicos ternos de hechura impecable.

Y pese a su fama de hombre lejano, distante, intocable, allí estaba esta misma tarde, en mangas de camisa y pantalón de verano, disfrutando de un helado en mitad de una plaza, escuchando música en el mp3 que la pequeña Petunia había confiado a su cuidado para ella correr a empaparse de agua, polvo y cansancio bajo la atenta, embelesada mirada de su padre.

M.C. Escher
"Puddle"

lunes, 5 de octubre de 2009

Des-Nudo


...
Cuando se forma el nudo,
cuando el vínculo se establece,
¿no debería doler igual que cuando se deshace?
...

jueves, 1 de octubre de 2009

Veo-veo

—Veo-veo.
—¿Qué ves?
—Veo-veo… una intensa luz que parece ir a posarse en las aguas de ese estanque…
—¿A alguien lo amenaza un peligro?
—No temas, no; al contrario. Hay días tan brillantes en los que una persona obtiene el privilegio de contemplar, libre de máscaras, su propia imagen.

lunes, 28 de septiembre de 2009

El reloj siguió cortando el tiempo

El reloj
siguió cortando el tiempo
con su pequeña sierra.



“Oda a un reloj en la noche”, Pablo Neruda



Se consideraba a sí mismo eje del mundo y nadie se atrevió a contradecirle jamás; nadie osó explicarle que las manecillas del reloj seguirían girando aun cuando él ya no pudiera contemplar ni escuchar su inapelable avance. Por eso, cuando surgió el problema, tan leve realmente, de tan fácil solución, él se asustó sin embargo, y lo único que se le ocurrió fue la peregrina idea de matar el tiempo para detener lo inexorable de su cumplimiento. Para ello no dudó en sacrificarse pegándose un tiro entre ceja y ceja, tan certero que acabó con su vida, mas no lo bastante para detener el curso del tiempo. El fogonazo de luz inútilmente devenido en tinieblas no fue pago suficiente a su soberbia de dios, de soberano, de anónimo dirigente.


viernes, 25 de septiembre de 2009

Cielo azul sobre unos lirios que se marchitan en el cementerio

—Has comprado lirios.
—¿Y qué?
—Pues que no durarán mucho en este tiempo, además, ya están muy abiertos.

—Fíjate, aquí da el sol todo el día.
—¿Y qué?
—Que las flores se mustian más rápidamente.

—Echa más agua, ¡por encima no! Así, así… ¡No, basta, no, los ahogas!
—¿Y qué?
—Se riega por arriba, cuidando de no…

pero no comprendes que no me importa que se mustien pudran mueran que mi niño sí se ha muerto reposa ahí encerrado él que fuera tan inquieto está ahora retenido quieto inmóvil muerto bajo un cielo azul inmenso que nos mira indiferente no es de dios alguno el reino no existen príncipes azules mi niño rubio sí ha muerto mi niño lindo mi rey mi cielo oh deja las malditas flores quietas que vivan o mueran cuando sea su tiempo

600 días - I.M.

Hokusai Katsushika - "Lirios"

lunes, 21 de septiembre de 2009

White Lily

Aquella tarde tampoco se hablaron. La discusión los había agotado más que en otras ocasiones y la creciente incomprensión les alejaba. Ella se sumió con dificultad en la lectura de un libro, injusto receptor de sus frustraciones. El, por su parte, se entregó a ensoñaciones de tiempos pasados, nunca olvidados.

Aquella noche él soñó con la niña-mujer de belleza perenne que fue suya una única vez, el ideal de una dicha quizá prohibida con el tiempo revertida en síntesis de todo lo inalcanzable y eterno, y por primera murmuró el nombre para el que sus labios se habían sellado en una secreta promesa de mutua pertenencia:
—¡White Lily! —y lo repitió por dos o tres veces:— ¡White Lily! White Lily…
Y, reconociendo el nombre y la voz que por ella llamaba, la mujer de inquieto dormir que yacía a su lado sonrió, y respondió sin llegar a despertarse:
—Tantos años he esperado que pensé me habrías olvidado. Oh, ven, ven pronto a buscarme.

Aquella mañana, durante el desayuno lograron ambos representar un compromiso de reconciliación que les pareció satisfactorio. Pero al salir de casa más tarde, él sabía que se iba para no volver jamás. Ella, sin pretender persuadirlo siquiera, lo dejó marchar.


White lily / Lirio blanco

viernes, 18 de septiembre de 2009

Claudia

Asentí. Pero esta vez advertí que mi expresión delataba más hastío que curiosidad, de modo que me esforcé por participar del entusiasmo de Carles. Sin éxito, me dije, cuando me miró fijamente, muchísimo tiempo y en silencio antes de preguntar:
—Pero, ¿sabes de qué te estoy hablando?
Aunque sus ojos urgían de nuevo una respuesta afirmativa por mi parte, el caso es que yo le había mentido, había dicho que sí, que conocía la película, que la había visto repetidas veces y me encantaba. Sin embargo, no tenía ni idea del argumento, de los detalles técnicos ni artísticos, esas cosas que según creo gustan de discutir entre cinéfilos. Me armé de valor e iba a confesarle no sólo mi ignorancia sino la total indiferencia que sentía por el cine en general cuando, haciendo a un lado el filete mignon con guarnición de setas que irremediablemente se enfriaba en su plato, Carles exclamó:
—¡Está bellísima! —me cogió del brazo a través de la mesa y bajó el tono de voz, que se volvió confidencial, casi confesional, tras pronunciar un “¡Claudia!” que me sonó a lamento—. En esa escena… cuando Jill llega a Flagstone desde Nueva Orleans y en la estación no hay nadie esperándola… el tiempo pasa y nadie llega, oh, sí, nosotros sabemos el por qué, pero ella lo ignora. Y luego, finalmente, despacio, muy suave, cual si quisiera evitársele el dolor, como un telón que se hace a un lado, la revelación… los vecinos reunidos en Swetwater, en su casa, no se disponen a celebrar la boda a la que fueron invitados sino los funerales por los miembros de la familia McBain, inexplicablemente exterminada… el Patrick adolescente, la dulce y preciosa Maureen y el pequeño Timmy… los tres chicos y el padre, expuestos sobre las mesas que ellos mismos abarrotaran con alimentos festivos…
En este punto, Carles se estremeció levemente y derramó un poco de vino sobre el mantel, un tinto de crianza que no tuve ocasión de alabar —yo hubiera agradecido cambiar de tema—, porque veo cómo toma aliento y sin que pueda remediarlo comienza a contarme la película desde el principio y ya no se detiene hasta llegar apenas sin aliento a la escena final, The End, como cerca de tres horas que dice que dura esta película de Sergio Leone… Fíjate que tríada, exclama admirativamente en algún momento de la noche: ¡Sergio Leone, Dario Argento y Bernardo Bertolucci trabajando juntos en el guión! Por supuesto, era mil novecientos sesenta y ocho… quizás unos años más tarde sería impensable, apunta, y durante unos minutos parece quedarse pensando en esa posibilidad.
Para cuando terminamos de cenar, postre y café para mí, no sé en base a qué motivos había decidido Carles que la nuestra había sido una buena primera cita y se ofreció a acompañarme a casa. Rehusé, qué diablos, era una cita a ciegas y no se había ganado toda mi confianza, no quería que conociese ya mi domicilio; para ser sinceros, lo que no quería era confesarle que me había convencido, que si acaso parecía que huía no era sino por mi intención de pasar por el videoclub del barrio para alquilar su querida película, “Hasta que llegó su hora”. Había despertado mi curiosidad, es cierto. Tanto, que quería ver a Claudia con mis propios ojos. Quería ver al malvado Henry Fonda de rostro reseco y su cuadrilla de bandoleros, uniformados con guardapolvos huracaneados por el viento, conformando las alas de unos pájaros de mal agüero… quería acercarme a Sweetwater de la mano de Leone, escuchar la dolorida harmónica, los temas musicales todos, descubrir esa bellísima banda sonora compuesta por Morricone.
—¿Tú sabes quién es Carlo Simi? —le pregunté a Carles hace un rato y él me respondió con una pícara mirada, sin palabras.
—No puedo ni querría olvidar el vestido negro que llevabas el día que nos conocimos… —me dice al cabo de un instante; siento que se ha detenido como para rememorar y degustar el pasado—. Recuerdo que nada más verte entrar en el restaurante donde nos habíamos citado pensé en Claudia Cardinale y el vestido negro que ella llevaba cuando conoció a McBain en Nueva Orleans. ¡Aquella noche no hice sino hablarte de la película de Leone, Henry Fonda, Bronson, Robards…!
De súbito rompe a reír como un adolescente azorado.
—¿Te refieres a Simi, el diseñador de aquel vestuario?
Y yo pensando todos estos años que no se había fijado, creyendo que con tanto hablar de cine aquella noche, ni me había mirado. De modo que ahora soy yo quien sonríe y calla.
—¿Nos vamos ya? —pregunta con falsa impaciencia y me advierte:— ¡Mira que han extendido la alfombra roja!
La alfombra roja, un mundo de sueños, la realidad… el cine donde Carles ha triunfado, nos aguarda.

The End

Claudia Cardinale
"Hasta que llegó su hora", Sergio Leone, 1968

lunes, 14 de septiembre de 2009

Espacios abiertos

—¿Tiemblas? —preguntó al percibir en ella un levísimo estremecimiento.
Estaban solos los dos en la galería, espaciosa y de altos techos evanescentes a la mirada, el albo sofá próximo a las ventanas con vistas al Jardín Botánico, abiertas al sol de media tarde de un septiembre en cuyas cenizas se había demorado el verano. Él se apresuró a manipular un control remoto que graduaba a voluntad la luz y el aire, y culpable por haberse apartado ese sólo instante, cual si la hubiera abandonado a su suerte, desatendiéndola y acaso olvidado, regresó a su lado para preguntar nuevamente y con ansia.
—¿Tiemblas? Pero, ¿por qué?
Ella no logró responderle, aterrorizada como estaba por lo ceñido de su abrazo.


viernes, 11 de septiembre de 2009

Llora

—Claro, hoy soy yo, que no hago daño, que intento tan sólo ganarme unas monedas en cualquier calle… —el hombre que así hablaba era alto, joven y fuerte. Si uno se detuviera a examinarlo, si alguien se atreviera a mirarlo, hasta descubriría en su desaliño que era ciertamente guapo.
Sin amilanarse ante la presión de la gente que lo increpaba para que abandonara su calle, mejor aún, su barrio, repitió con voz carente de todo acento:
—Hoy soy yo, que no tengo más sustento que este instrumento que pretendéis enmudecer, como si no fuera de naturaleza propia afónica, casi agónica desde que nació… —miró con extraña ternura la vieja y estropeada gaita que reposaba a su lado, sobre el banco de piedra, y dijo:— Pero mañana puede ser usted… o usted…
Y aunque no señalaba a nadie en concreto, algunas personas retrocedieron ante su gesto, ante el tono de sus palabras, seguro y firme.
—Porque, claro, ninguno queremos ser perturbados en el que consideramos nuestro particular remanso de paz, ¿no es verdad? Pues me incomoda tu música, vete con ella a otra parte. Pero ignoramos, o no queremos comprender, que todos somos susceptibles de perturbar a alguien. Por la razón que sea, si no hoy, acaso mañana… quizá por tener la piel negra o haber nacido blanco, o quizá por una razón tan absurda como la de caminar encorvado, usar bastón o ser prematuramente calvo…
El hombre sonrió tristemente; acechaba la llegada de la policía anunciada por los vecinos. Sin miedo de la amenaza, sin embargo, se demoró en recoger unas pocas monedas revueltas en el envés de un raído sombrero de pana, las ganancias de la mañana. Se acomodó la gaita cual si fuera a hacerla sonar, y de pronto dejó caer unas notas que se desvanecieron en seguida en el aire, como lágrimas apenas derramadas.
Miró a su alrededor sin fijar tampoco esta vez la vista en nadie, no se avergonzaba, tan sólo eludía llevar en su recuerdo rostros que pudiera identificar más adelante, reconocerlos algún día en otras calles.
—¡Soy un pésimo gaiteiro! —exclamó—, pero lo soy de corazón.
Se alejó entonces calle adelante, erguido, sin permitir que su orgulloso porte revelara tristeza o desaliento, cansancio o derrota. Murmuraba palabras en apariencia inconexas, la estrofa primera de unos versos de Ruíz Aguilera que una niña reconoció al cruzarse con el músico en la calle a su regreso del colegio, versos que habría de recordar siempre, por perseguir el conocimiento de la respuesta al dilema:

Cuando la gaita gallega
el pobre gaitero toca,
no sé lo que me sucede
que el llanto a mis ojos brota.
Ver me figuro a Galicia
bella, pensativa y sola,
como amada sin su amado,
como reina sin corona.
Y aunque alegre danza entone
y dance la turba loca,
la voz del grave instrumento
suéname tan melancólica;
a mi alma revela tantas
desdichas, penas tan hondas,
que no sé deciros
si canta o si llora.


lunes, 7 de septiembre de 2009

Diecisiete

Voces, miradas,
visten la realidad.
¡Loca pasión!
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jueves, 3 de septiembre de 2009

Balada de Catalina y Abelardo

Porque todo hombre mata lo que ama,
pero no todo hombre muere.
- Oscar Wilde –
“Balada de la cárcel de Reading”


.
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Abonó en Recepción una cuenta que invariablemente consideraban elevada, como si les hubieran cargado servicios no solicitados, alegaría ella, suspicaz. Y él guardaría silencio, otorgando, asintiendo con los sentimientos divididos como sus lealtades. Viajaban porque podían permitírselo, incluso deberían regalarse mayores comodidades, no privarse de nada en realidad, se dijo como queriendo convencerse a sí mismo, y de pronto se dio cuenta de que no era él quien así hablaba, sino la apacible voz de su hermano mayor cuestionándose siempre aunque sin rabia la razón de su mala suerte, el viejo Javier, hasta el final incapaz de comprender qué mal habrían hecho en su vida para que dos hombres con una fortuna tan inmensa como la que ambos poseían carecieran de herederos, de un descendiente que recibiera su legado. Sin haberse siquiera casado, Javier gustaba de atormentarlo preguntándole si habría de ser la Iglesia contra la que habían luchado la beneficiaria de la antigua fortuna familiar… Tienes que hacer algo, le decía Javier una y otra vez. Incluso siguió leyendo esa sentencia en su mirada cuando un día se enfadaron sin un motivo de verdad importante y dejaron para siempre de cruzarse la palabra, encontrándose en la calle cual dos extraños… No obstante, al fallecer Javier, descubrió Abelardo que su hermano todo lo había dejado en sus manos para que hiciera algo…

Trasponían las puertas giratorias del Hotel, el taxi les aguardaba junto a la acera, cuando les dieron el alto. Catalina atendió solícita a los dos hombres, no así Abelardo, cuya evidente inquietud le hacía parecer culpable. Les explicaron que se había formulado una denuncia por un robo de joyas en su planta y que la policía querría interrogarles.
—¿Registrarnos? —inquirió Abelardo—. ¡Pero si somos unos ancianos!
Los dos hombres se identificaron como empleados del hotel y les condujeron a una sala adyacente que, utilizada para depósito de valijas, a esas horas aparecía extrañamente desnuda. Colocaron las maletas sobre una larga mesa y les pidieron su autorización para abrirlas y examinar su contenido, un modo de adelantar los trámites para cuando llegara la policía. Catalina se anticipó a la respuesta de Abelardo consintiendo con inocente sonrisa dibujada en los labios, expresión que no mudó ni cuando quedaron al descubierto sus intimidades, sus secretos inconfesables.
—No pasa nada, Abelardo —dijo Catalina—; hacen su trabajo.

El sábado por la mañana, Abelardo se despertó en su cama, a la hora de siempre. Catalina dormía todavía, a su lado. La policía no había encontrado joya alguna porque precisamente acababa él de depositarlas en un buzón del Hotel, dentro de un sobre anónimo dirigido al dueño de las valiosas piezas sustraídas por Catalina. Se sonrojó nuevamente al recordar la vergüenza, la humillación del registro, las explicaciones, las excusas… las recomendaciones de aquellos dos extraños, la advertencia formal cuando en el interior de las maletas del matrimonio descubrieron no las joyas que buscaban, pero sí varias toallas, objetos de baño, algún cuchillo e incluso alguna cuchara… Abelardo explicó torpemente que Catalina no podía evitar robar esas cosas sin demasiado valor ni importancia, y que evitar que Catalina robara no estaba en sus manos, demasiado viejas y cansadas.

Una tarde a mitad de semana, cuando Catalina regresó a casa, Abelardo la dejó preparar el café y los bollos que ambos merendaban, en poca cantidad, una marca no de las más caras.
—¿Dónde has estado? —preguntó luego sin curiosidad.
—En el cementerio —respondió Catalina y robó con gesto goloso el bollo que Abelardo dejaba al efecto en su plato—. Las flores se estropean pronto con este calor…
Abelardo se revolvió inquieto. Nadie iba a decirle nunca nada, ningún vecino llegaría a quejarse de que Catalina robaba los delicados lirios, las bellas rosas, cualquiera de las flores que adornaban las tumbas en el cementerio para formar el ramo que ella colocaría en la sepultura de sus padres. Igual que sustraía la fruta en el mercado… sin medida, sin realmente precisarlo. Era horroroso saberlo; consentirlo o encubrirlo, imperdonable. Tendría que hacer algo.

El domingo por la mañana, Abelardo se despertó a la hora acostumbrada. Catalina dormía todavía, a su lado. El la miró largamente, la besó en la frente, en los labios arrugados… comenzó a canturrear una melodía, unos versos que a ella siempre le habían agradado, acunándola. Todo hombre mata lo que ama, quiso creer, convencerse de que obraba correctamente. Y entonces la abrazó, fuerte muy fuerte, estrechándola entre sus brazos. No resultó fácil, al dejarla con delicadeza reposando de nuevo en la almohada, Catalina sonreía, pero Abelardo lloraba.

lunes, 31 de agosto de 2009

Dieciséis

Vives la vida
jugando sin prisas.
Te sientes feliz.
.

martes, 25 de agosto de 2009

Libera un libro

Nunca prestaba atención a las conversaciones ajenas, al principio porque no le importaba especialmente lo que los demás pudieran decir, y después porque su oído dejó de trabajar y lo sumió en aquel mundo poblado de silencios. A veces captaba alguna palabra en el movimiento de unos labios pero al instante, por reflejo, parpadeaba o cerraba los ojos para no molestar; sabía por experiencia que muchas personas no respondían con buenas maneras si lo sorprendían mirándoles, como si en sus ojos portara alguna amenaza, como si sospecharan de la existencia del secreto que guardaba muy adentro y temieran que de su expectación escapara la antigua necesidad, aquel impulso irrefrenable que brotaba de sus entrañas y que años atrás le diagnosticaron como mera obsesión.
Había pasado tanto tiempo empeñado en castigarse a sí mismo, privándose, conteniéndose, negando, que cuando la palabra mágica bailó en los labios de la esbelta chiquilla, él se interesó, pero le resultaba tan difícil seguir la precipitada charla que se revolvió inquieto, incapaz de desembarazase de aquel sentimiento de permanente frustración por los sentidos anquilosados e inútiles, y en un esfuerzo por captar más detalles olvidó toda prudencia e incluso rompió el que, pomposamente, denominaba margen inviolable para su propia seguridad vital. El riesgo mereció la pena a medias, por cuanto consiguió retener cada una de las palabras pronunciadas, murmuradas y veladas, pero no el significado implícito a la conspiración.
Al alejarse las muchachas descubrió el libro olvidado en el banco que ocuparan, sombreado por un viejo tilo en flor. Sin pensarlo un instante, el hombre lo recogió y fue tras ellas, las llamó. No parecieron reparar las muchachas en la anticuada extravagancia de su atuendo ni en el apagado timbre de su voz; reconociendo el libro que sostenía en las manos, lo obsequiaron con una franca sonrisa e incluso le ofrecieron una explicación.
—Es un libro libre —dijeron—, pertenece a quien lo encuentre.
—Con la sola condición de su temporal posesión.
—Quien lo recoja debe liberarlo nuevamente una vez haya terminado de leerlo.
¡Y vaya si él lo leyó! Desde aquel instante, su familiar mundo de silencios se pobló de infinitas voces y palabras que evocaban las emociones del amor, el vivir, el soñar e incluso el morir, al tiempo que recuperaba la antigua y nunca olvidada pasión; de nuevo tenía una misión.

* * * * * *


Ocurría en la ciudad un detalle curioso: las bibliotecas perdían libros de forma no alarmante aunque sí constante, libros antiguos y nuevos que aparecían luego en los lugares más inverosímiles, en lo alto de un tejado, a la entrada de un camposanto, a las puertas de una fábrica o en el andén de la más recóndita estación… Cuando finalmente se capturó al singular ladrón, éste reconoció sin culpa la importancia de su labor.
—Algunos liberan delfines, otros a las aves de su prisión —les dijo—. De liberar libros, me ocupo yo.


lunes, 24 de agosto de 2009

Quince

Un laberinto
de risas y llanto
conforma la vida.
.

martes, 18 de agosto de 2009

La casa de mamá

Lo cierto es que me gusta ir al pueblo con los niños. Aunque en ocasiones duela. A veces encontramos a mi hermano Andrés, que ni siquiera mira ni sonríe a mis niños, sabiendo como sé que son su debilidad, acaso por los nietos que él no tiene, que el destino le deniega. También sería incómodo cruzarnos con Mercedes; es que alguien le ha enseñado finalmente a mirar sin ver… y lo hace muy bien. Pero la mayoría de las veces el paseo resulta agradable, encontramos a conocidos que hace tiempo no saludamos y aprovechamos para ponernos al día del presente y del pasado, recordando, reviviendo tiempos cada día más lejanos.
Creo que fue el jueves pasado, sí, precisamente el anterior a las fiestas del Carmen, que decidimos visitar a Tito; como no se nos ocurrió avisarles, resultó que no encontramos a nadie de la familia en casa. Brillaba el sol e hicimos un paseo más largo. De pronto oigo a Manuel decir aquello de bajar por la calle María; ya que estamos aquí, añade encogiéndose de hombros. Abandonamos la calle principal, a apenas veinte metros allí la tenemos, la casa familiar de mamá, la casa de nuestra infancia. Manuel y yo nos detenemos a contemplarla, en silencio, sin duda sus pensamientos siguen idéntico curso a los míos y se contagian de ese extraño sentimiento de desesperanza. Atraigo a Iria a mis brazos, llamo a Froilán, y formalmente les presentó la casa.
—¿Tú vivías aquí? —pregunta Froilán con la ingenuidad certeramente hiriente de sus cinco años. En su expresión hay más horror que incredulidad, un cómo es posible en su mirada al que no es tiempo aún de explicar.
—Fuimos muy felices —se me ocurre decir—. Yo, el tío Manuel, el tío Tito, los tíos…
No llego a pronunciar los nombres de mis otros hermanos, el de Mercedes tampoco. Ahora es diferente, pero realmente fuimos felices en aquella casa que aunque pequeña, en sus tiempos representaba casi un lujo con su planta baja, el patio y el pozo, el piso con terraza posterior y el huerto de árboles frutales. El balcón de la fachada principal de la vivienda se ha desmoronado. ¿Cuánto tiempo hace? ¿Cómo no lo hemos sabido? Mas, ¿por qué habríamos de saberlo? De las dos puertas parejas, antaño pintadas de verde, una ha sido condenada, la otra parece repetidamente violentada. La amplia ventana de la planta baja, inmortalizando a mama con sus tres nietos mayores en una fotografía, a mamá ya enferma, que salió un día de su casa confiando en regresar… la ventana de la habitación donde siempre nos acogía en tropel… Nos obligamos a continuar calle abajo, Froilán mirando por encima del hombro, agradecido de alejarse, e Iria sin comprender todavía nada, a sus dos años. Alguien nos explica que la utilizan, la casa tan amada, como depósito para aperos de labranza o utensilios de pesca, quién sabe, acaso esté ya abandonada.
—No debimos haber firmado —dice a mi lado Manuel, la boca seca, conteniendo la rabia.
—A Tito se le rompió el corazón… pero papá no le hubiera perdonado que por su sola oposición no se vendiera la casa.
—Debimos haber protegido la casa de mamá, incluso contrariando la voluntad de papá.
—Sí, tal parece como si las hubiéramos abandonado a ambas…
Manuel y yo nos miramos, nada podemos hacer. Sólo se me ocurre asegurar más fuerte la mano de Froilán en mis manos y lanzar por el aire un beso esquivo a Iria, que sigue la estela de su hermano riéndole alguna gracia, ajenos los dos a nuestros viejos remordimientos y pesares.

Fernando Botero - Familia colombiana

lunes, 17 de agosto de 2009

Catorce

Awaricioso,
dices amarme
cual tu tesoro.


John Douglas - Bello tesoro
(Tapiz)

sábado, 15 de agosto de 2009

Caperucita Roja

Red Riding Hood
John E. Millais, 1865

viernes, 14 de agosto de 2009

Cada uno, lo suyo

El paso se estrechaba, serpenteaba conforme a la distribución de los puestos de venta ambulante en la empinada calle de la Iglesia. Se vieron al mismo tiempo, sus miradas se entrecruzaron por un instante, pero él se las apañó para desaparecer tras la mercancía de un tenderete que exhibía ropa para el hogar, fundas de sofá, juegos de cama, mantelerías pintadas en alegres colores… Ella se sintió valiente, o quizá fue el tomar conciencia de aquel primer día de auténtico verano cuando ya les abandonaba agosto, o acaso, lo más seguro, fue el viejo cansancio que hizo mella en su ánimo tras tantos meses acumulando años en los que él se limitaba a engañarla y darle largas; el caso es que no dudó ni un segundo en abordarlo.
—Por favor —le dijo—, no sé ya cómo pedírtelo…
El la interrumpió señalando con un gesto de cabeza a la chica que le aguardaba con expresión aburrida unos pasos adelante.
—Está enferma, es mi obligación cuidar de ella —dijo con evidente intención de obtener su lástima.
Pero ella, que conocía todos los detalles de la enfermedad de la chica, que hasta se avergonzaba de cómo él la utilizaba una y otra vez como excusa con la que justificar su indeterminación, el incumplimiento de plazos, su incapacidad para formalizar un compromiso, ignoró esta vez sus razones y continuó hablando como si no hubiera escuchado la familiar excusa:
—… devuélveme los discos, los libros, la ropa, todo cuanto conservas de mi propiedad en tu casa. Entonces ya no tendrás que fingir no verme, no necesitarás mirar hacia otro lugar…
El se movió, dispuesto a continuar su paseo por el mercadillo de los jueves por la mañana en el pueblo. La chica les miraba en silencio, sin intervenir, sólo su gesto ceñudo evidenciaba cierta impaciencia por continuar con sus compras, por dar término a aquella interrupción, aquel incordio, aquel intercambio de palabras de las que no era testigo por primera vez.
—Entrégame mis cosas —insistió ella casi cogiéndole por el brazo, reteniéndole sin atreverse sin embargo a tocarlo—. Dime tan sólo cuándo puedo pasar a recogerlo todo e iré, o mandaré a alguien, si lo prefieres.
—Apenas paro en casa… entre el hospital, el trabajo…
—¿No comprendes que de este modo nada ha concluido? —preguntó ella bajando el tono de voz. La gente pasaba junto a ellos, les empujaban, obligándoles a moverse y deslizarse como siguiendo inconexos pasos de baile. Comprendió que en el siguiente movimiento, él se zafaría, se escaparía una vez más, quién sabe por cuánto tiempo, y murmuró casi con desesperación:— Cuando me entregues lo que me pertenece, ¿entiendes lo que te digo?, desaparecerás. Dejarás de existir para mí.
Un súbito empujón y él quedó en libertad para alejarse; la chica vino a rodearle con sus brazos, como para establecer su propiedad sobre él, y padre e hija comenzaron a alejarse calle arriba. Ella todavía le gritó que le señalara un día, una hora, que iría, pero las palabras se perdieron sin sentido entre el alboroto del mercadillo, cual baratijas. El se volvió a mirarla por encima del hombro.
—Cualquier día, cuando quieras —dijo, y sonrió entonces, sabiendo que de nuevo mentía.
.

lunes, 10 de agosto de 2009

Trece

Infidelidad:
ruptura y desamor.
¿Existe perdón?

jueves, 6 de agosto de 2009

Veo-veo

—Veo-veo.
—¿Qué ves?
—Veo-veo… niebla, lluvia y vientos varios, espinos, silvas y zarzas, senderos entreverados, huellas borrosas de tenues pasos…
—¡Oh…! ¿El camino secreto a un castillo encantado en lo profundo del bosque…?
—Ojalá fuera eso lo que miro.
—Mirar y ver no es lo mismo. ¿Qué ves, pues? Dime.
—Veo alzarse una muralla que me aleja de un amigo muy querido...

lunes, 3 de agosto de 2009

Doce

Mi libertad: tú,
juramos formalmente.
Tu libertad: yo.

sábado, 1 de agosto de 2009

No eres tú

La tarde había pasado, las sombras del jardín, los sonidos habituales se habían ido amortiguando hasta dejar de existir, fundidos en la oscuridad general de la habitación. El movimiento de la cabeza fue leve, imperceptible; le pareció escuchar voces a su espalda, en el pasillo, en la sala, la voz de él, pero no le apetecía volverse y mirar. No era preciso para recordar que, pues no era ella, las hirientes palabras no debían causarle dolor alguno.
—¿Qué quieres decir con eso de que te marchas, que no volverás? —había preguntado ella—. Ya hemos jugado antes a este estúpido juego donde al final has ganado… ¿No me he alejado de mi familia, de mis amigos… no he renunciado incluso a mi puesto de trabajo? He hecho cuanto me has pedido sólo porque te amo.
—Chica, lo siento, no sé cómo decirlo… Cuando vengo a casa y sencillamente me miras y callas, no sé, no me agrada. No eres tú… Cuando antes te enfadabas, aparecías así tan ofendida, insultándome o quitándome durante días la palabra… entonces, la verdad, resultabas más humana.


lunes, 27 de julio de 2009

Once

Cada mañana
te miro al despertar;
pero no estás.
...

sábado, 25 de julio de 2009

jueves, 23 de julio de 2009

Libertad no conozco...

Libertad no conozco sino la libertad
de estar preso en alguien…
- Luis Cernuda -

....
Trascendió que ella era esclava, amo él. Cuando se conoció su íntimo secreto, esta verdad que bien podría ser cualquier otra —de él, que tanto precisaba de sus cuidados; de ella, cuya vida parecía no pertenecerle sino a él—, cuando todos hablaban sobre ello, juzgándoles cual si tuvieran el derecho, acosándolos cual si fuera ésta su obligación, pese a los largos años de felicidad y desdichas compartidas, le rogó:
—Anda, vete…
Ella sólo preguntó:
—¿Sabe mi amo que si me marcho acaso nunca regrese?
Y él asintió, en silencio, tristemente.
Entonces ella atravesó la puerta de la casa y salió a la calle, las manos vacías, el corazón rebosante; le dijeron que era libre, y muchos se congratularon por haberla liberado, por darle poder de decisión y determinación a sus actos.
Anduvo unos pocos pasos y desanduvo luego las huellas de sus pies descalzos. Volvió a la casa familiar, llamó a la puerta.
—Id y decidle a mi amado que he regresado —pidió cuando le abrieron—, id y decidle que vuelvo igual que marché, libremente enamorada.

Peter Ilsted - "The open door"

lunes, 20 de julio de 2009

Diez

wehemencia:
¡Lo quiero, sí, señor,
sin él, muero!
...

miércoles, 15 de julio de 2009

Que llueva

—Pero, a ver, ¿todavía no has sacudido el mantel? —urgió la anciana a la niña encaramada a la ventana más alta de la casa.
—¡Las flores se caerán! —protestó la niña con el mantel hecho un lío entre sus brazos apretados contra el pecho.
—Oh, cariño… ¡si de eso se trata precisamente!
La anciana tiró suavemente de una esquina del mantel, que se abrió sin resistencia, y lo echó a volar a través de la ventana. Flores, pétalos, espigas, hojas y semillas, bella y pulcramente bordadas en aquella tela más delicada que la más preciada seda de Oriente comenzaron a desprenderse, se deslizaron libremente hasta alcanzar y cubrir las calles de la ciudad como fina lluvia de oro, de plata, de flores de todos los colores, a modo de alfombra preciosa.
—Vete al parque a jugar mientras llueve —dijo la anciana a la niña rozando suavemente sus mejillas con la punta de los dedos—. Cuando regreses te enseñaré a tejer flores, a sentirlas tuyas, parte de tu ser… Y te enseñaré luego cómo sentir la magia de desprenderte de ellas, de ofrecerlas entregándote a ti misma a quien atraviese la eternidad de la desesperanza, del dolor sin medida, la imprecisa tristeza o la íntima soledad… Pero te mostraré también la magia más benigna, más grata y benevolente, la de acompañar a alguien en ese fugaz instante que uno siente como de mayor dicha y felicidad…
—¡Abuela…!
—Schhh… será nuestro secreto —la interrumpió—. ¡Ahora vete a jugar!

lunes, 13 de julio de 2009

Nueve

¡Rosebud!, dijo,
clamando recuerdos
sin memoria.
...

domingo, 12 de julio de 2009

Esperando para decir adiós

...
Me miras dormir, pero no soñar,
hablar, pero no pensar,
andar, pero sin nunca echar a volar.
...
Acaso piensas que sigo aquí,
que tengo miedo y no sé a dónde ir,
cuando en realidad hace tiempo que me fui.


lunes, 6 de julio de 2009

Ocho

Resignación:
trocar la esperanza
por rendición.


*******
Imagen:
Edith Lozano - "Resignación", 2009

domingo, 5 de julio de 2009

Percepciones

—Nunca me miras.
—¡Qué cosas dices! Claro que te miro.
—Pues entonces no me ves.
—A ver, ¿cuál es el problema? ¿Un vestido nuevo que no he elogiado? ¿Un regalo que no hice, una fecha que olvidé…? ¿Acaso has engordado o quizá, mejor, has adelgazado… y también lo pasé por alto?
—El problema es que no miras pasar por mí los años… ni ves tampoco que envejezco y estoy cada día más cansada...

jueves, 2 de julio de 2009

Cuestión de confianza


—Ven, ¡no pasará nada!
—¡Me han engañado tantas veces!
—Yo, nunca.
—Pero otros, sí.
—¿Entonces?
—Lo siento…
—Yo también.

martes, 30 de junio de 2009

De-Mente

Salieron juntas del Centro de Salud. Una en silencio, la otra gesticulando, nerviosa. De pronto, la más joven se revolvió contra la mayor y comenzó a golpearla, al principio como un niño pequeño enrabietado y frustrado pero luego, quizá por la pasividad con que se sometía a sus golpes, aumentó su violencia. La mayor se protegió entonces con los brazos, defendiendo tan sólo el rostro. Si algo murmuraba, nadie supo qué, pero las vieron volver sobre sus pasos para desaparecer tras la doble puerta de aluminio.
El Centro, de dos plantas rectangulares, se veía desierto desde la acera. A aquellas horas de la tarde algunos ventanales permanecían abiertos para rechazar el calor del súbito verano; si hubieran estado vestidos con cortinas, éstas habrían volado, hinchándose informes, a merced de un viento cruzado. Sonó como un estruendo, quizá el golpe de una puerta abierta o cerrada con impaciencia… y de súbito todo se llenó con la voz de ella, de la mujer más joven. Con su voz, que no con sus palabras, articuladas con dificultad, como si no supiera hablar, como si empleara un lenguaje extraño, como si en realidad fueran muchas las voces que luchaban por salir desde el interior de su garganta. De cualquier forma, escuchándola se entendía su reclamo, sus palabras malformadas querían estallar a modo de ruego desgarrado… La mujer, ya no una niña, es alta, de físico contundente, quién podría negar que no aparenta una amenaza, incluso cuando tres o cuatro hombres y mujeres comienzan a estrechar el cerco, obligados por sus batas blancas. Pero no se acercan lo bastante, la miran, se estudian y vigilan acaso mutuamente, aguardan. La mujer joven, cual un animal herido, se duele de algún mal profundo, una herida antigua por la que mana sangre fresca; sus alaridos rasgan el silencio, recorren el túnel en que parece haberse transformado el Centro solitario y estremecen, conmueven. Se lamenta sin palabras, llora sin lágrimas, sólo los sonidos inarticulados que huyen de su boca advierten de un reclamo, sea el que sea, mientras el gesto de sus manos lo apoya, lo afianza.
La observo un instante desde la infinita distancia que impone ese dolor suyo, tan personal, tan incontenible, tan hondo. Inspira lástima, el deseo de ir y abrazarla, calmarla, consolarla… pero al mismo tiempo impone el peligro de recibir su furia, ser víctima de su rabia… Por eso es quizá que nadie la toca, la rodean, acechan, esperan que las llamas se agoten en su pecho mientras cada cual parece desarrollar un ritual, una especie de baile que guía sus pasos hasta una sala donde finalmente la aíslan, a ella, pero no su voz, que no encuentra barrera, que corre libre todavía, que taladra los oídos y amenaza, que advierte que el suyo es un fuego que arde en sí mismo.
Llega la policía. Dos mujeres que observan y escuchan desde la calle siguen entonces su camino.
—¡Pobre! —exclama una de ellas cuando les pregunto; se lleva una mano a la sien en ese gesto tan habitual que empleamos para referirnos a los que no están en posesión de su juicio—. Cosas de novios… de hace mil años, cuando era niña. Al salir ha creído reconocer en el Centro a alguna vieja amiga, alguna rival, una chica que según ella, alguna vez le robó el novio… ¡Las cosas que están en su cabeza…!
Y la herida, real o no, sin cicatrizar, ha vuelto a abrirse en un río de furiosa sangre hirviente, en un reclamo hasta natural en cierto modo. ¡Sería tan fácil ser ella, estar en su lugar y conocer su locura! Y, sin embargo, estamos a salvo, alejados de la orilla de su abismo terrible. O queremos tener esa impresión. Y la cuestión es que cuando finalmente regresamos a nuestra casa, el castillo que nos resguarda, al cabo conseguimos olvidar que esa locura ajena no se acaba. Preferimos no pensar que mañana, quizá, puede nuevamente desatarse.


lunes, 29 de junio de 2009

Siete


La eternidad,
en brazos de la noche,
simula soñar.
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miércoles, 24 de junio de 2009

La noche de San Juan

Ha sido un año muy largo, doloroso y pausado. Lejanos sonidos y familiares fragancias que transitan por el aire simulando algún fulminante repique de campanas la empujan a levantarse. Hace tanto tiempo que no asoma al camino que sus pies descalzos se sienten agredidos por los duros terrones de tierra reseca, por las semillas y la corteza de los árboles. Toma conciencia de lo endeble que es su paso, lo desgarbado de su aspecto avanzando casi a tientas entre espinos y zarzas. Pero no se amilana y en seguida las plantas se adaptan, la tierra se adhiere a los pies cansados, se reconocen mutuamente como viejos amigos que tras larga ausencia se echaran en falta.

Recogió con sabia diligencia pétalos de flores silvestres, plantas y semillas, raíces, brotes viejos sin retoño, ramas secas y marchitas que no amenazaran la supervivencia del viejo bosque que conforma su mundo y su casa. Mezcló todo con cuidadosa precisión al tiempo que entonaba algún canto con el que parecía reclamar ciertas voces del pasado, voces que acudieron a envolverla de modo que esta mágica noche no se sintiera tan sola y desamparada. Y pudo percibir la cálida paz, la serenidad de las mujeres de la familia que la precedieron en los rituales de las noches de junio transmitiéndole los infinitos secretos de las plantas, la magia de las fuentes y del agua del mar, el poder de las olas y la luna en la víspera de San Juan, la noche del solsticio.

Al recorrerse el rostro con las manos reconoció en él el más familiar de los gestos de su madre, anuncio de una espera nunca defraudada. Se ajustó en la nuca el suave moño de cabellos canos, movimientos firmes guiaron el peine por surcos conocidos, repetidos una y mil veces tras tantos años. Una túnica negra, muy gastada, la cubría hasta los pies y aún arrastraba tras sus pasos sobre el suelo de tierra y de barro.

Todo estaba dispuesto y se fue a dormir. Poco tiempo precisaba para hallar descanso, pero era una rutina agradable la de echarse y cerrar los ojos y soñar estrellas de nombre impronunciable, recordar amigos y familiares de rostros tan amables, sus gestos especiales, lo que les hace distintos y entrañables. Les añora, no se engaña, mas sabe que es inevitable, el curso de la vida, el poder limitado de una magia que muchos consideran inabarcable. Adormeció, pues, con el recuerdo en los ojos y en los labios de los bellos tiempos pasados, cuando la juventud que fuera su tesoro le permitía acompañar a la noche hasta la hora de su natural desenlace, la mañana.

Manzanilla, meliloto, caléndula, aloe y cientos de pétalos de flores tan hermosas como mágicas han pasado la noche al rocío en alas del destino, que ha dispuesto cumplir esta vez su cometido y realizar así el prodigio de devolver la juventud a la anciana cuando ésta, al despertarse, rompa el espejo de flores en el agua para enjuagarse las manos y la cara.

lunes, 22 de junio de 2009

Seis

El infinito,
la palma de tus manos
firmes, promete.
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domingo, 21 de junio de 2009

Cuestión de amor


—Demuéstrame cuánto me amas.
—Me pides un imposible.
—No entiendo por qué te niegas, sólo te pido una prueba.
—Lo que ocurre es que no confías; es más, dudas y sospechas.
—¿Y no tengo motivo?
—Decídelo tú mismo.

jueves, 18 de junio de 2009

Piedra preciosa que surca el cielo

… tristeza y dolor,
jaula también son.
- Canción de Basha
-


Por fin acomodado en el camarote del barco que le llevaría de regreso a Europa, Andreas Bastian volvió a meditar en su determinación de no comprarle ningún regalo a Basha. Cierto que ella había insistido en que no aceptaría nada, que le bastaba su promesa de que sería ésta la última vez que se separarían. Pero aunque él está dispuesto a cumplir dicha promesa, ahora no se siente capaz de regresar junto a su familia sin llevar una joya o piedra preciosa que acreciente una rica y selecta colección que le pertenece a él mismo más que a la infortunada Basha por cuanto ha sido él quien ha convertido en costumbre el adquirir en cada uno de sus viajes algún diamante, un zafiro, una perla o un cristal de roca… objetos de incalculable valor que Basha no toca siquiera, sino que ignora, a su manera pertinaz.
Es Drucilla, sin embargo, quien sabe cómo atemorizarlo, quien le habla de modo que en seguida tuerce la voluntad de Bastian, y al despedirse dos meses atrás le ha susurrado que no debe romper la cadena, que si lo hace, la vida de Basha se resentirá de alguna forma. Y Bastian se estremece al recordar la velada amenaza en la voz de su segunda esposa, su torva expresión…
Entre la espada y la pared, dividido por su amor hacia Basha y el temor que le inspira Drucilla, el anciano abandonó precipitadamente el camarote para deambular por un puerto con el que se ha ido familiarizando tras repetidos viajes de carácter falsamente comercial, y cuyo objeto —el verdadero, íntimo y secreto—, parece no ser otro que el de liberarse de una persistente e imprecisa sensación de atracción y repulsión hacia la vida que se sabe incapaz de abandonar. Por Basha, que lo retiene.
Anochecía ya, ningún vendedor ambulante arrastraba su mercancía, ningún comercio permanecía abierto en las enrevesadas callejuelas que nacían en los muelles y se perdían antes de alcanzar el centro de la pequeña ciudad. De pronto observó que incluso el ajetreo habitual del puerto se había desvanecido o silenciado como por ensalmo y tomó conciencia del peligro al que se exponía caminando solo por aquel laberinto con pretensiones de ordenada vecindad con sus casas y sus portales, cerrados y sumidos en la oscuridad. Fue entonces cuando tropezó con un hombre de cabellos y barba infinitamente blancos, sin duda mayor que él mismo; se rogaron mutuas disculpas, Bastian alegando una prisa motivada por la necesidad de adquirir un regalo para alguien muy especial y la inminente partida de su barco. Sin saber por qué, incluso mencionó su costumbre de adquirir las joyas…
El anciano de barba y cabello cano, que se presentó a sí mismo como Takumi, correspondió a la amabilidad de Bastian explicándole que lo valioso en su país eran los pájaros y que éstos, cual prenda de amor, representaban el más bello obsequio a ojos de la mujer amada. Por desgracia, dijo, el único ejemplar que llevaba consigo era este pájaro triste, enfermo y de agotado esplendor.
—Jamás canta ni nunca vuela —explicó Takumi con pesar—. Una calandria que ha hecho de su silencio su propia jaula…
Y de pronto, como en un arrebato, el anciano oriental ofreció graciosamente el pájaro al anciano europeo, seguro de que si éste se había arriesgado a no partir en el barco y posponer su reencuentro con quien le aguardaba impaciente, era porque sin duda amaba muchísimo a la destinataria del obsequio que buscaba.
—A nadie amo más que a Basha —admitió Bastian y por primera vez habló de ella con un extraño, de la profunda tristeza que la consumía y de la soledad en que se había encerrado. Finalmente dijo:— Es mi única hija.
Takumi inclinó la cabeza en un reverencial saludo a Bastian y le entregó la jaula donde languidecía un bello pájaro.
—Amigo mío, confío en que Basha y Riku se iluminen mutuamente —dijo, y sin que Bastian pudiera advertir cómo, el anciano oriental se desvaneció en las sombras de la noche.

Cuando comunicaron a Basha que su padre había regresado y, según todas las apariencias, con un voluminoso regalo, la joven se sintió decepcionada. No cumplirá su promesa, pensó; papá volverá a marcharse pronto y yo me quedaré sola una vez más. Entonces quiso echarse a llorar, pero los pasos de su padre en la escalera, lentos y cansados, le hicieron recordar su avanzada edad, la extraña soledad en que siempre había vivido pese a su matrimonio con Drucilla, fracasado desde el principio, y sobre todo, recordó lo muchísimo que ambos se querían. De modo que se dispuso a recibir a su padre con la habitual alegría, decidida a disfrutar de su compañía hasta que el anciano sintiera nuevamente el ansia ingobernable que con tanta frecuencia lo impulsaba a alejarse de su casa y su familia.
Después de besarla y abrazarla, Bastian ordenó que trajeran a la habitación de Basha su regalo, y cuando se lo puso entre las manos y la muchacha comprendió que no se trataba de una joya ni una piedra de incalculable valor, sino de un pájaro en apariencia tan débil, triste y enfermo como ella misma, sintió que de algún modo sus destinos estaban unidos.
—¡Es el regalo más hermoso que me has hecho jamás! —exclamó Basha, sin querer atender siquiera a las explicaciones de cómo su padre había encontrado a Riku.
Drucilla reclamó la piedra preciosa a la que Bastian les había acostumbrado, y al comprender que su esposo nada más había traído que aquel pájaro, le lanzó una furibunda mirada que, pudo observar, no causaba ya en el anciano el efecto amedrantador de antaño. Y de pronto, Basha rompió a reír, al principio a modo de torpes trinos, como si no supiera cómo hacerlo, como si nunca antes lo hubiera hecho. Y con las risas de Basha, Riku se estremecía y agitaba las alas…
—¡Riku, Riku! —cantaba y reía con el pájaro entre las manos. Llamó a Drucilla a su lado y le dijo con un tono no exento de ternura:— Riku significa piedra preciosa que surca el cielo. Y, sin duda, es la más hermosa entre las que papá nos ha traído nunca de sus viajes a lo largo y ancho del mundo.
Entonces pidió algo que ya nadie en la casa recordaba haber escuchado jamás en sus labios.
—¡Papá! ¡Abrid la ventana, que entre la luz! —dijo.
—¿Luz? —repitió el anciano, incrédulo.
—Riku la precisa para reponerse, papá.
Y por primera vez en los largos años que habían transcurrido desde la tarde en que Basha sufrió el absurdo accidente que acabó con la vida de su madre y que a ella misma la había dejado ciega, las ventanas de su habitación se abrieron al parque para que por ellas entrara la luz.

Joseph Jannsenn de Waerebeke
"A dreamy girl by a bird cage"
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