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... Aunque le han aconsejado que no se involucre, la muchacha de cabello rubio recogido en forma de coleta saluda a doña Malena con un poco profesional hasta mañana. Se ha quitado la bata y puesto un raído abrigo verde; se aleja por el pasillo, se pierde, se desvanece, pero sus palabras conservan la promesa: Hasta mañana.
.... Tras la ventana cae la nieve. Blancas son las sábanas de laberíntico encaje que recorre con mirada apagada porque los dedos, torpes, no alcanzan a encontrar el inicio del viaje… Doña Malena delibera y juega con los hilos enlazados, propone tratos, ofrece acuerdos… amenaza o se repliega luego rogando una tregua. A veces, adivina, intuye y conforma, o mismo todo lo vence el sueño.
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... Otras veces mira atrás y le ve aquella tarde de diciembre, apoyado a contraluz en el quicio de la puerta de su escuela; la mente se reserva las palabras, las sonrisas, los guiños y confidencias; no le niega la magia y el hechizo, es generosa prestándose al recuerdo de aquellas horas que, con apariencia de infinito, se concentran en dos o acaso tres. Se despedía tan sin querer marchar, ni apartarse ni dejarle, que prefirió olvidar sus propias clases, las necesidades de su alumna, e ignorar que se comportaba de forma irresponsable. Quién sabe si se repetirá, si los dioses querrán regalarle la plenitud de éste en otro instante. Está viviendo unos versos, unas rimas palpitan en su pecho, está hablando el silencio; el cielo, la noche, las estrellas llenan sus besos. Juntos hacen realidad aquello que jamás tocó, aquello que existía sólo en su cielo, en el de él, tan lejano e incierto. Incluso cuando él la invoca, acude la nieve a crear un paisaje blanco en torno a ellos, ya ausentes en su eterno sueño...
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... Así fue la tarde más bella. La única que su mente conserva.