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... ¡Malditos… malditos roedores! ¿Es que ya no recuerdas cuando hacía tanto frío y llovía… cuando el invierno era realmente invierno y anochecía y las farolas se apagaban dejando que las calles permanecieran a oscuras, solitarias, vacías? ¿No recuerdas que papá nos advertía que mantuviéramos las puertas cerradas porque los roedores salían de las alcantarillas y se colaban en los portales e incluso en las casas vecinas? ¿Recuerdas el pasillo de nuestra casa, tan largo y ancho como una avenida? ¿De qué nos servían tales medidas si no nos ponían a salvo de lo maligno cada vez que la prima de mamá exhibía, brazo en alto, la pieza recién conseguida… cuando sacudía al bicho rendido ante nuestras narices, sobre la taza de leche humeante o sobre el plato de comida, cuando venía y me perseguía hasta mi cuarto prolongando mi agonía y yo, histérica y tan niña, pensaba en lo fácil que era odiarla y no quería y temía hacerlo por creerlo un pecado?
... Incluso cuando la requerían los vecinos volvía a casa con la víctima abatida, y yo vuelta a correr para encerrarme en mi cuarto, perdidos los nervios, torturada, llorando. ¡Tantos rezos de rosario mezclados con tanto impulso malsano…! Me estoy poniendo mala con sólo recordarlo, no sé por qué has tenido que regresar a aquel año. Con lo poco que hablas, también hoy podrías haberte quedado callado… Ve, te libero del compromiso de darme charla… Oh, crecimos, sí, crecimos, para gritarle a la prima que se dejara de bromas, que se lavara de una vez y para siempre las manos… ya era bastante. ¿Ríes? Nunca me pareció cosa de risa correr por la casa dando alaridos, perseguida por una loca que, recuérdalo, era quien al final se sentía ofendida.
... Y ahora… Tres cursos de carrera apañándomelas para estudiar a Pavlov con un ojo a medias abierto y el otro cerrado. Impulsos y reflejos, laberintos, pérdidas, ensayo y error, trampas y más enrevesados laberintos… ¡Ojos cerrados a cal y canto! ¿Cómo se supone que podría aprobar la maldita asignatura si no lograba asomarme a los apuntes ni entreabriendo un margen? Cuarto, quinto curso y la asignatura a rastro… ¡Malditos… malditos roedores, que me buscan más desgracias! Me hacen imposible la infancia y aparecen de nuevo decididos a cerrarme el camino. ¿Por qué habré elegido Psicología? En Filosofía o Pedagogía no estudian roedores y en la Escuela de Magisterio, como mucho, los encontrarán por los rincones. Sexta convocatoria… la carrera que peligra. Le cuento al profesor el problema, me confieso en una carta muy sentida que remito al Departamento antes de arrepentirme. En ella le imploro que comprenda esta fobia que me agobia, me ahoga… le suplico que no tire mis años de estudio por la borda.

Juan Genovés - "Mujer huyendo"