jueves, 19 de marzo de 2009

Los hombres feos no existen

Los hombres feos no existen. El peligro, a veces, tampoco. De A. se decían ambas cosas, aunque a la inversa. Se decía de él que era feo a rabiar y que lo envolvía una aureola de peligro que convenía evitar. Quizá por esa razón resultaba irremediablemente atractivo. Nosotras teníamos veinte años; él, una edad indefinida.

Como una broma del destino, como en un juego o concurso cutre de televisión, en nuestra calle había dos puertas contiguas entre las que elegir dónde comenzar la marcha del fin de semana: si una era blanca, digamos que la otra era negra; una representaba la seguridad, la otra el abismo. Llevábamos tanto tiempo eligiendo la blanca, la buena, el refugio conocido, que un día decidimos que bien podríamos indagar qué se cocinaba en aquel infierno apenas entrevisto. Una vez que entramos, S. y yo no salimos, y no porque el infierno y sus demonios nos engulleran contra nuestra voluntad. Tan sólo nos agradó lo que vimos y, durante mucho tiempo, elegimos como patria aquel incómodo tranvía.

Era un local estrecho y muy largo… Tropezabas con la barra nada más entrar, a la izquierda, los sofás y alguna mesa a la derecha; y todo a lo largo, como mediana, un largo bancal donde S. y yo terminamos por fijar nuestro campamento. Allí fue donde conocí a A. Nos sentábamos en aquel banco medianero y sin que nunca supiera de dónde procedía ni en qué punto se iniciaba el ritual, antes o después un cigarrillo torpemente liado llegaba a sus manos. Entonces le observaba aspirar lenta, amorosamente, con ansia exenta de precipitación, perdido entre las densas nubes de humo, aprehendiendo sus formas diversas, el olor tan característico… Sonreía sin pronunciar una palabra. Cuando nos pasaba el cigarrillo, a veces rehusábamos; otras veces, fumábamos. Y en ocasiones, con suavidad y cierta osadía, yo le rogaba que tampoco él fumara. Es curiosa la capacidad de recordar así, como dulcemente… aquel lugar lejano, una compañía extraña y a la vez segura, la música envolvente e incluso, al otro lado de una falsa ventana en la pared, la fotografía de un deslumbrante David Bowie.

A. era una especie de Quijote desmañado; quizá de sus muchas y antiguas batallas restaran ya sólo estas, articular los movimientos, afianzarse sin torpeza, enderezar el pobre equilibrio. No podías sino sentir el deseo de abrazarlo y suplicarle como Sancho un “¡No se me muera!”. Supongo que a aquellas horas de la madrugada apenas recordaba nada de sí mismo. Pero pienso que prefería no saber, ignorar quién era, cuál sería en cada amanecer su destino, dónde encontraría una cama, con o sin compañía. De modo que cuando anunciaba tambaleándose que se retiraba, S. y yo salíamos con él a la noche. Lo acompañábamos un buen rato calle arriba como para cerciorarnos de que nada le pasara, de que llegaría a salvo a donde quiera que fuese, porque es verdad que nunca llegamos a ir con él a su casa, si acaso tenía una casa. Pero claro que la tenía, en algún lugar antiguo de la ciudad vieja. Sin embargo, como auténticos vampiros jamás nos vimos a la luz del día, y hasta es posible que si se expusiera, el sol traspasara su trémula estampa, quizá ningún espejo la reflejara…

S. era quien me contaba la historia de A., quien me lo pintaba valiente y osado, aventurero, generoso, luchador y rebelde…, un caballero, príncipe derrotado en un cuento de hadas. De buena familia, no había tenido suerte; o acaso sí, y sólo había vivido hasta entonces como quiso, caprichosamente… hasta que la vida le pasó factura; las consecuencias de sus posibles errores y equivocaciones, de sus actos y decisiones las llevaba ahora consigo, sobre los hombros. Además de alguna que otra huella de heridas incurables y profundas.

No recuerdo cuándo fue la última vez que me subí al tranvía.

Al terminar los estudios y alejarme de la Universidad, dejé de ver a A. y hasta creo que lo olvidé. Ocurrió quizás un par de años después. Leyendo las cartas al director en un periódico local me encontré con la de una mujer que hablaba de A. con admiración y ternura, incluso con amor infinito. Así fue cómo supe que A. había muerto. Que era guapo y, además, bueno, lo supe desde un principio. Y es que los hombres feos no existen.


8 comentarios:

fire dijo...

desde luego que no...
la belleza esta en el ojo del que mira.....y si el ojos mira con amor....la fealdad desaparece....
siempre interesantes y atrayentes tus relatos...
un abrazo wara

Wara dijo...

Fire, un abrazo para ti también. Gracias por tus palabras, por venir, por todo cuanto escribes tú misma y cuanto propones en tu precioso espacio.

núria dijo...

Yo una vez tambien conoci a un A. hace tantos años!
No sé que habrá sido de él.

Valdemir Reis dijo...

Molto di pace! Un aquila battenti terre in questo interessante e bello spazio. Confesso che mi visita più spesso, è che l'unica attività che posso fare durante il fine settimana. Ogni volta che torno mi sento meglio e più familiare. Complimenti per l'ottimo lavoro. Mi è piaciuto il tema. In occasione del cuore ringrazio tutti coloro che ci visita, e il commento qui sotto, per questo sono onorato e tra amici. "L'unico modo per avere un amico è essere un amico." Emerson. Molto obrigadoooooo .... Spero che lei e dire, di controllare spesso! Voti dei principali risultati conseguiti e la prosperità. Le benedizioni che Dio ci illumini e proteggere. Sono un felice week-end e festivi. Lascia un fraterno abbraccio. Godspeed.
Valdemir Reis

Wara dijo...

No sé si es peor saber o no saber, y seguir haciéndote conjeturas si acaso nunca olvidamos a A, claro.

Un abrazo, Núria, que siempre nos viene bien, ¿verdad?

Wara dijo...

Valdemir, que me parece que sí, que creo entrever un montón de buenos deseos en tus palabras. Lo mismo deseo para ti, y supongo que el idioma en que se desee no importa para que surtan efecto igualmente.

Druida de noche dijo...

me encanto tu entrada...será que la la belleza y la fealdad sean temas que nos atraviesan cotidianamente y de alguna manera nos identifica... y nos dejan al costado del paraíso o al costado del camino...

te sigo..

Wara dijo...

Ls contrarios tienen como un punto mágico que nos permite transitar entre ellos, entremezclarlos de un modo tal que no veamos, por ejemplo, ni todo plenamente malo o bueno, absolutamente bello o feo.

Gracias por tu compañía, Druida de noche.