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sábado, 19 de junio de 2010

Dos y dos

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... —¡Despierta! —le dice él con voz demasiado alta—. La película se acaba…
... Ella le mira con los ojos entornados, nublados por el brevísimo sueño; bosteza al tiempo que pregunta, indiferente:
... —¿Qué hora es?
... —Temprano —él se sienta en la orilla de la cama y comienza a desvestirse; tiene ganas de hablar y explica despreocupadamente:— Al final resultó que el marido de Teresa consiguió entradas para el espectáculo del Cirque du Soleil y no tuve valor para retenerla; le encargué que se pusiera muy guapa y disfrutara de la noche… Al rato decidí que incluso yo merecía un descanso y me he escapado…
... —¡Pero qué mentiroso eres...!
... —¿Qué quieres decir?
... —Que precisamente Jorge acaba de salir...
... —¿Es que Jorge te visita cuando yo no estoy?
... —Marco, ¡despierta tú de una vez! ¿No te parece hasta natural? Teresa no se aparta de ti ni dentro ni fuera de la oficina; de ti, que eres mi marido. No es tan tremendo que el suyo me haga compañía a mí.
... Sin más, ella apaga el televisor, apaga la luz, cierra los ojos y, antes de girarse en la cama dándole la espalda a Marco, ya se ha vuelto a dormir.
....
...
Circo du soleil

miércoles, 9 de junio de 2010

Malditos roedores

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... ¡Malditos… malditos roedores! ¿Es que ya no recuerdas cuando hacía tanto frío y llovía… cuando el invierno era realmente invierno y anochecía y las farolas se apagaban dejando que las calles permanecieran a oscuras, solitarias, vacías? ¿No recuerdas que papá nos advertía que mantuviéramos las puertas cerradas porque los roedores salían de las alcantarillas y se colaban en los portales e incluso en las casas vecinas? ¿Recuerdas el pasillo de nuestra casa, tan largo y ancho como una avenida? ¿De qué nos servían tales medidas si no nos ponían a salvo de lo maligno cada vez que la prima de mamá exhibía, brazo en alto, la pieza recién conseguida… cuando sacudía al bicho rendido ante nuestras narices, sobre la taza de leche humeante o sobre el plato de comida, cuando venía y me perseguía hasta mi cuarto prolongando mi agonía y yo, histérica y tan niña, pensaba en lo fácil que era odiarla y no quería y temía hacerlo por creerlo un pecado?

... Incluso cuando la requerían los vecinos volvía a casa con la víctima abatida, y yo vuelta a correr para encerrarme en mi cuarto, perdidos los nervios, torturada, llorando. ¡Tantos rezos de rosario mezclados con tanto impulso malsano…! Me estoy poniendo mala con sólo recordarlo, no sé por qué has tenido que regresar a aquel año. Con lo poco que hablas, también hoy podrías haberte quedado callado… Ve, te libero del compromiso de darme charla… Oh, crecimos, sí, crecimos, para gritarle a la prima que se dejara de bromas, que se lavara de una vez y para siempre las manos… ya era bastante. ¿Ríes? Nunca me pareció cosa de risa correr por la casa dando alaridos, perseguida por una loca que, recuérdalo, era quien al final se sentía ofendida.

... Y ahora… Tres cursos de carrera apañándomelas para estudiar a Pavlov con un ojo a medias abierto y el otro cerrado. Impulsos y reflejos, laberintos, pérdidas, ensayo y error, trampas y más enrevesados laberintos… ¡Ojos cerrados a cal y canto! ¿Cómo se supone que podría aprobar la maldita asignatura si no lograba asomarme a los apuntes ni entreabriendo un margen? Cuarto, quinto curso y la asignatura a rastro… ¡Malditos… malditos roedores, que me buscan más desgracias! Me hacen imposible la infancia y aparecen de nuevo decididos a cerrarme el camino. ¿Por qué habré elegido Psicología? En Filosofía o Pedagogía no estudian roedores y en la Escuela de Magisterio, como mucho, los encontrarán por los rincones. Sexta convocatoria… la carrera que peligra. Le cuento al profesor el problema, me confieso en una carta muy sentida que remito al Departamento antes de arrepentirme. En ella le imploro que comprenda esta fobia que me agobia, me ahoga… le suplico que no tire mis años de estudio por la borda.

Juan Genovés - "Mujer huyendo"

viernes, 21 de mayo de 2010

Bértalo y Paléne

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... Paléne supo de él y cierto día acudió a escucharlo con más timidez que precaución. ¿Qué daño podía hacerle? Al principio permaneció al margen del grupo de personas que lo rodeaban estrechamente como para atrapar mejor cada palabra y evitar que huyeran de aquel círculo en que lo envolvían a diario. Y es que sus palabras les eran preciosas. Poco a poco fue ganando en admiración y su confianza le permitió integrarse, transformarse en parte de aquella especie de pétrea muralla humana que cercaban a Bértalo y su voz.

... No era raro que recurriera a extrañas lenguas para comunicarse, que utilizara complicadas expresiones cuyo significado Paléne descubría incierto, pero entonces se detenía en el tono de la voz, en los silencios y en sus pausas, y si bien no siempre estaba conforme con la narración, le agradaba escucharle y no dejaba de asistir al encuentro de Bértalo porque, al hacerlo, descubría su propia mente trabajando, el alma despertando al corazón. Y era esto lo que justamente precisaba para mitigar un profundo dolor, para sanar una herida que arrastraba desde las profundidades de una noche lejana, cuando un puñal la atravesó a traición.

... Ocurrió como todo lo inesperado, sin posible explicación. Absorto Bértalo en la solitaria hoguera que ardía a sus pies, comenzó a hablar de magníficos castillos y palacios gratamente iluminados, donde el frío no hallaba hueco en sus estancias, lugares donde uno encontraba compañía agradable y conversación interesante… Y hablaba con cierta expresión extraña, con un rastro de frío en el alma y añoranza en la mirada que Paléne advirtió al instante y que incluso le hizo daño; temió que la incondicionalidad de quienes le escuchaban no le fuera ya bastante y terminara por marcharse, abandonándolos.

... —Pareces hallarte todavía embriagado por el recuerdo de ese lugar —resonó la voz de Paléne, involuntariamente, sin reflexionar en cómo serían recibidas sus palabras, en su implicación—. Aprecias de las arañas su iluminación, de la chimenea el grato calor…

... —También vosotros podéis ir y verlo —respondió Bértalo, a la defensiva.

... —Ni te acuso ni te juzgo, no era esa mi intención —se excusó Paléne rápidamente y quiso explicar su preocupación, el repentino temor:— Eres un mensajero, un contador de historias… el creador de los mundos que nosotros conocemos no por experiencia, sólo por tu voz.

... Pero el hombre que les contaba historias le dirigió una mirada impaciente, apartó a Paléne con brusquedad y se alejó. Al igual que los demás, también la joven lo dejó marchar, entristecida porque acaso aquella noche, no, pero segura de que Bértalo habría de superar su aturdimiento y entender la sencillez de la que ella pretendiera una declaración: podían acceder a los mejores castillos y palacios, disfrutar de sus comodidades y atención; pero realmente no existían castillos y palacios con la suficiente iluminación, ni poseían el calor que cuantos acudían a escuchar a Bértalo hallaban en su voz.

lunes, 3 de mayo de 2010

Correr tras el viento (Fábula)

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... —Dejaste que se fuera —creyó oír que le decía una voz a su espalda.
... René se giró bruscamente sobre sí mismo; las hojas del temprano otoño ya cubrían el camino que lo condujera al lugar exacto que había venido buscando, desierto a aquellas horas y acaso a cualquier otra. Fue al dejarse caer en un banco próximo, rendido al desánimo, vencido, cuando reparó en la estatua que, ignorando al mundo, permanecía absorta por toda la eternidad en su inmenso silencio, soledad y dolor. El, orgulloso de mantener los pies firmemente arraigados en la tierra, inmune a cualquier clase de ensoñación, miró a la estatua buscando comprensión, tal vez hasta indulgencia.
... —Has malgastado tu vida persiguiendo una fantasía. La has desperdiciado viviendo una ilusión… —oyó que le recriminaba la estatua—. Y las has perdido a las dos, a Mercedes, la mujer que te amó más que a sí misma y a aquella que elegiste amar y nunca te correspondió.
... —¡Pensé que Marina era mi verdadero amor…! —dijo René con sincero convencimiento.
... —Tu vida ha sido un continuo correr tras el viento —sentenció la estatua; y luego añadió:— La arena resbala de entre los dedos, el viento se enreda y entretiene en los cabellos, pero en ellos nunca permanece… Para cada pleamar existe una bajamar, junto a la luz convive la oscuridad… Sin embargo, se va el tiempo para jamás regresar y lo que de él depende, se pierde y también se va.
... —Mercedes no volverá… —asintió René, postrado ahora de rodillas junto a la sepultura de quien tanto lo amara sin reclamos ni imposiciones. Tomando conciencia por primera vez de su equivocada decisión, volvió los ojos a la estatua e inquirió:— ¿Por qué se nos permite correr tras el viento? ¿Por qué nadie nos advierte…?
... —¡Advertir…! —murmuró la estatua con amarga sonrisa—. A un niño se le consiente porque a él pertenece la facultad de soñar. Luego, ya adulto, debe descubrir el momento de parar, debe comprender que el viento viene y se va, a su capricho o voluntad. Correr tras el viento es perseguir un imposible y, desear apresarlo…, ¡simple vanidad!

viernes, 19 de febrero de 2010

Moraleja


.... Como temían que no funcionara lo del boca a boca, decidieron instalar unos potentes altavoces en la confluencia de las calles más importantes de las ciudades y pueblos de la provincia. No importaba comprometer con ello el presupuesto, no cabía detenerse a medir gastos, el caso era que la bola no creciese, que no se hiciese tan grande que terminara por explotarles en plena cara. De modo que el mensaje que se repetía en todas partes insistía en no hacer caso, en ignorar el aviso, la injustificada amenaza. Traducido, venía a decir a voz en grito: “No sean estúpidos, los dragones no existen”.

.... De modo que cuando la pequeña familia de dragones supuestamente escapada de un circo asomó por la avenida principal de la mismísima capital de provincia, corporación y ciudadanía los miraron sorprendidos preguntándose si el portento no ocultaría alguna especie de alegoría. Y algo debía de haber, sí, porque cuando se detuvieron, muertos de sed, agotados, encantados de encontrarse por fin entre gente que en lugar de correr a ocultarse les recibía, los dragones abrieron la boca y suspiraron levemente, agradecidos; mas ocurrió que al hacerlo así exhalaron unas chispitas que en seguida prendieron y fueron creciendo… Y antes de darse cuenta, la ciudad aquella tan bonita y receptiva ardía sin remedio, se consumía.

.... Y fue entonces cuando se hizo popular ese refrán que advierte: “Cuando la bola crece, fuego lleva. Si te alcanza, te quemas”.

.... En fin.

jueves, 3 de diciembre de 2009

Vínculo de sangre

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—Oye, tenías que haberlo visto —insistió Elías todavía excitado—, no vale con que yo te diga… no puedes hacerte una idea.
—Claro que puedo —respondió Miguel—. Conozco perfectamente a Mauro y puedo verlo ascender calle arriba, la gente agolpada en las aceras, en silencio… y al niño en sus brazos.
—¿Pero es que no me escuchas? ¡Te digo que no era un niño! Era un muñeco, y bien feo, además… Por eso fue extraordinario… algo nunca visto… ¡real!
—Sí, tan real como que algún día alguien os hará pagar por esas bromas de mal gusto. ¿O acaso alguien rió la gracia, eh? Dime, ¿alguien se rió al descubrir que todo era falso, un burdo y cruel simulacro? ¡Un niño ahogado!
Y Miguel se hizo a un lado sintiendo de repente un extraño rechazo hacia quien era sangre de su sangre, pensando que parecía imposible que fueran hermanos… Le decían que tuviera paciencia, que Elías habría de madurar algún día; inútil era cuánto ahora le dijera, ya fuera como explicación o como simple advertencia. Pero a veces le preocupaba tanto la posibilidad de que Elías no alcanzara a hacerse una idea de lo que le aguardaba, de lo que la vida le deparaba si no rectificaba, que Miguel acababa temblando, llorando, y entonces volvía corriendo a su lado, sintiéndose débil y cobarde, incapaz de abandonar a su hermano.


jueves, 3 de septiembre de 2009

Balada de Catalina y Abelardo

Porque todo hombre mata lo que ama,
pero no todo hombre muere.
- Oscar Wilde –
“Balada de la cárcel de Reading”


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Abonó en Recepción una cuenta que invariablemente consideraban elevada, como si les hubieran cargado servicios no solicitados, alegaría ella, suspicaz. Y él guardaría silencio, otorgando, asintiendo con los sentimientos divididos como sus lealtades. Viajaban porque podían permitírselo, incluso deberían regalarse mayores comodidades, no privarse de nada en realidad, se dijo como queriendo convencerse a sí mismo, y de pronto se dio cuenta de que no era él quien así hablaba, sino la apacible voz de su hermano mayor cuestionándose siempre aunque sin rabia la razón de su mala suerte, el viejo Javier, hasta el final incapaz de comprender qué mal habrían hecho en su vida para que dos hombres con una fortuna tan inmensa como la que ambos poseían carecieran de herederos, de un descendiente que recibiera su legado. Sin haberse siquiera casado, Javier gustaba de atormentarlo preguntándole si habría de ser la Iglesia contra la que habían luchado la beneficiaria de la antigua fortuna familiar… Tienes que hacer algo, le decía Javier una y otra vez. Incluso siguió leyendo esa sentencia en su mirada cuando un día se enfadaron sin un motivo de verdad importante y dejaron para siempre de cruzarse la palabra, encontrándose en la calle cual dos extraños… No obstante, al fallecer Javier, descubrió Abelardo que su hermano todo lo había dejado en sus manos para que hiciera algo…

Trasponían las puertas giratorias del Hotel, el taxi les aguardaba junto a la acera, cuando les dieron el alto. Catalina atendió solícita a los dos hombres, no así Abelardo, cuya evidente inquietud le hacía parecer culpable. Les explicaron que se había formulado una denuncia por un robo de joyas en su planta y que la policía querría interrogarles.
—¿Registrarnos? —inquirió Abelardo—. ¡Pero si somos unos ancianos!
Los dos hombres se identificaron como empleados del hotel y les condujeron a una sala adyacente que, utilizada para depósito de valijas, a esas horas aparecía extrañamente desnuda. Colocaron las maletas sobre una larga mesa y les pidieron su autorización para abrirlas y examinar su contenido, un modo de adelantar los trámites para cuando llegara la policía. Catalina se anticipó a la respuesta de Abelardo consintiendo con inocente sonrisa dibujada en los labios, expresión que no mudó ni cuando quedaron al descubierto sus intimidades, sus secretos inconfesables.
—No pasa nada, Abelardo —dijo Catalina—; hacen su trabajo.

El sábado por la mañana, Abelardo se despertó en su cama, a la hora de siempre. Catalina dormía todavía, a su lado. La policía no había encontrado joya alguna porque precisamente acababa él de depositarlas en un buzón del Hotel, dentro de un sobre anónimo dirigido al dueño de las valiosas piezas sustraídas por Catalina. Se sonrojó nuevamente al recordar la vergüenza, la humillación del registro, las explicaciones, las excusas… las recomendaciones de aquellos dos extraños, la advertencia formal cuando en el interior de las maletas del matrimonio descubrieron no las joyas que buscaban, pero sí varias toallas, objetos de baño, algún cuchillo e incluso alguna cuchara… Abelardo explicó torpemente que Catalina no podía evitar robar esas cosas sin demasiado valor ni importancia, y que evitar que Catalina robara no estaba en sus manos, demasiado viejas y cansadas.

Una tarde a mitad de semana, cuando Catalina regresó a casa, Abelardo la dejó preparar el café y los bollos que ambos merendaban, en poca cantidad, una marca no de las más caras.
—¿Dónde has estado? —preguntó luego sin curiosidad.
—En el cementerio —respondió Catalina y robó con gesto goloso el bollo que Abelardo dejaba al efecto en su plato—. Las flores se estropean pronto con este calor…
Abelardo se revolvió inquieto. Nadie iba a decirle nunca nada, ningún vecino llegaría a quejarse de que Catalina robaba los delicados lirios, las bellas rosas, cualquiera de las flores que adornaban las tumbas en el cementerio para formar el ramo que ella colocaría en la sepultura de sus padres. Igual que sustraía la fruta en el mercado… sin medida, sin realmente precisarlo. Era horroroso saberlo; consentirlo o encubrirlo, imperdonable. Tendría que hacer algo.

El domingo por la mañana, Abelardo se despertó a la hora acostumbrada. Catalina dormía todavía, a su lado. El la miró largamente, la besó en la frente, en los labios arrugados… comenzó a canturrear una melodía, unos versos que a ella siempre le habían agradado, acunándola. Todo hombre mata lo que ama, quiso creer, convencerse de que obraba correctamente. Y entonces la abrazó, fuerte muy fuerte, estrechándola entre sus brazos. No resultó fácil, al dejarla con delicadeza reposando de nuevo en la almohada, Catalina sonreía, pero Abelardo lloraba.

martes, 25 de agosto de 2009

Libera un libro

Nunca prestaba atención a las conversaciones ajenas, al principio porque no le importaba especialmente lo que los demás pudieran decir, y después porque su oído dejó de trabajar y lo sumió en aquel mundo poblado de silencios. A veces captaba alguna palabra en el movimiento de unos labios pero al instante, por reflejo, parpadeaba o cerraba los ojos para no molestar; sabía por experiencia que muchas personas no respondían con buenas maneras si lo sorprendían mirándoles, como si en sus ojos portara alguna amenaza, como si sospecharan de la existencia del secreto que guardaba muy adentro y temieran que de su expectación escapara la antigua necesidad, aquel impulso irrefrenable que brotaba de sus entrañas y que años atrás le diagnosticaron como mera obsesión.
Había pasado tanto tiempo empeñado en castigarse a sí mismo, privándose, conteniéndose, negando, que cuando la palabra mágica bailó en los labios de la esbelta chiquilla, él se interesó, pero le resultaba tan difícil seguir la precipitada charla que se revolvió inquieto, incapaz de desembarazase de aquel sentimiento de permanente frustración por los sentidos anquilosados e inútiles, y en un esfuerzo por captar más detalles olvidó toda prudencia e incluso rompió el que, pomposamente, denominaba margen inviolable para su propia seguridad vital. El riesgo mereció la pena a medias, por cuanto consiguió retener cada una de las palabras pronunciadas, murmuradas y veladas, pero no el significado implícito a la conspiración.
Al alejarse las muchachas descubrió el libro olvidado en el banco que ocuparan, sombreado por un viejo tilo en flor. Sin pensarlo un instante, el hombre lo recogió y fue tras ellas, las llamó. No parecieron reparar las muchachas en la anticuada extravagancia de su atuendo ni en el apagado timbre de su voz; reconociendo el libro que sostenía en las manos, lo obsequiaron con una franca sonrisa e incluso le ofrecieron una explicación.
—Es un libro libre —dijeron—, pertenece a quien lo encuentre.
—Con la sola condición de su temporal posesión.
—Quien lo recoja debe liberarlo nuevamente una vez haya terminado de leerlo.
¡Y vaya si él lo leyó! Desde aquel instante, su familiar mundo de silencios se pobló de infinitas voces y palabras que evocaban las emociones del amor, el vivir, el soñar e incluso el morir, al tiempo que recuperaba la antigua y nunca olvidada pasión; de nuevo tenía una misión.

* * * * * *


Ocurría en la ciudad un detalle curioso: las bibliotecas perdían libros de forma no alarmante aunque sí constante, libros antiguos y nuevos que aparecían luego en los lugares más inverosímiles, en lo alto de un tejado, a la entrada de un camposanto, a las puertas de una fábrica o en el andén de la más recóndita estación… Cuando finalmente se capturó al singular ladrón, éste reconoció sin culpa la importancia de su labor.
—Algunos liberan delfines, otros a las aves de su prisión —les dijo—. De liberar libros, me ocupo yo.


martes, 18 de agosto de 2009

La casa de mamá

Lo cierto es que me gusta ir al pueblo con los niños. Aunque en ocasiones duela. A veces encontramos a mi hermano Andrés, que ni siquiera mira ni sonríe a mis niños, sabiendo como sé que son su debilidad, acaso por los nietos que él no tiene, que el destino le deniega. También sería incómodo cruzarnos con Mercedes; es que alguien le ha enseñado finalmente a mirar sin ver… y lo hace muy bien. Pero la mayoría de las veces el paseo resulta agradable, encontramos a conocidos que hace tiempo no saludamos y aprovechamos para ponernos al día del presente y del pasado, recordando, reviviendo tiempos cada día más lejanos.
Creo que fue el jueves pasado, sí, precisamente el anterior a las fiestas del Carmen, que decidimos visitar a Tito; como no se nos ocurrió avisarles, resultó que no encontramos a nadie de la familia en casa. Brillaba el sol e hicimos un paseo más largo. De pronto oigo a Manuel decir aquello de bajar por la calle María; ya que estamos aquí, añade encogiéndose de hombros. Abandonamos la calle principal, a apenas veinte metros allí la tenemos, la casa familiar de mamá, la casa de nuestra infancia. Manuel y yo nos detenemos a contemplarla, en silencio, sin duda sus pensamientos siguen idéntico curso a los míos y se contagian de ese extraño sentimiento de desesperanza. Atraigo a Iria a mis brazos, llamo a Froilán, y formalmente les presentó la casa.
—¿Tú vivías aquí? —pregunta Froilán con la ingenuidad certeramente hiriente de sus cinco años. En su expresión hay más horror que incredulidad, un cómo es posible en su mirada al que no es tiempo aún de explicar.
—Fuimos muy felices —se me ocurre decir—. Yo, el tío Manuel, el tío Tito, los tíos…
No llego a pronunciar los nombres de mis otros hermanos, el de Mercedes tampoco. Ahora es diferente, pero realmente fuimos felices en aquella casa que aunque pequeña, en sus tiempos representaba casi un lujo con su planta baja, el patio y el pozo, el piso con terraza posterior y el huerto de árboles frutales. El balcón de la fachada principal de la vivienda se ha desmoronado. ¿Cuánto tiempo hace? ¿Cómo no lo hemos sabido? Mas, ¿por qué habríamos de saberlo? De las dos puertas parejas, antaño pintadas de verde, una ha sido condenada, la otra parece repetidamente violentada. La amplia ventana de la planta baja, inmortalizando a mama con sus tres nietos mayores en una fotografía, a mamá ya enferma, que salió un día de su casa confiando en regresar… la ventana de la habitación donde siempre nos acogía en tropel… Nos obligamos a continuar calle abajo, Froilán mirando por encima del hombro, agradecido de alejarse, e Iria sin comprender todavía nada, a sus dos años. Alguien nos explica que la utilizan, la casa tan amada, como depósito para aperos de labranza o utensilios de pesca, quién sabe, acaso esté ya abandonada.
—No debimos haber firmado —dice a mi lado Manuel, la boca seca, conteniendo la rabia.
—A Tito se le rompió el corazón… pero papá no le hubiera perdonado que por su sola oposición no se vendiera la casa.
—Debimos haber protegido la casa de mamá, incluso contrariando la voluntad de papá.
—Sí, tal parece como si las hubiéramos abandonado a ambas…
Manuel y yo nos miramos, nada podemos hacer. Sólo se me ocurre asegurar más fuerte la mano de Froilán en mis manos y lanzar por el aire un beso esquivo a Iria, que sigue la estela de su hermano riéndole alguna gracia, ajenos los dos a nuestros viejos remordimientos y pesares.

Fernando Botero - Familia colombiana

viernes, 14 de agosto de 2009

Cada uno, lo suyo

El paso se estrechaba, serpenteaba conforme a la distribución de los puestos de venta ambulante en la empinada calle de la Iglesia. Se vieron al mismo tiempo, sus miradas se entrecruzaron por un instante, pero él se las apañó para desaparecer tras la mercancía de un tenderete que exhibía ropa para el hogar, fundas de sofá, juegos de cama, mantelerías pintadas en alegres colores… Ella se sintió valiente, o quizá fue el tomar conciencia de aquel primer día de auténtico verano cuando ya les abandonaba agosto, o acaso, lo más seguro, fue el viejo cansancio que hizo mella en su ánimo tras tantos meses acumulando años en los que él se limitaba a engañarla y darle largas; el caso es que no dudó ni un segundo en abordarlo.
—Por favor —le dijo—, no sé ya cómo pedírtelo…
El la interrumpió señalando con un gesto de cabeza a la chica que le aguardaba con expresión aburrida unos pasos adelante.
—Está enferma, es mi obligación cuidar de ella —dijo con evidente intención de obtener su lástima.
Pero ella, que conocía todos los detalles de la enfermedad de la chica, que hasta se avergonzaba de cómo él la utilizaba una y otra vez como excusa con la que justificar su indeterminación, el incumplimiento de plazos, su incapacidad para formalizar un compromiso, ignoró esta vez sus razones y continuó hablando como si no hubiera escuchado la familiar excusa:
—… devuélveme los discos, los libros, la ropa, todo cuanto conservas de mi propiedad en tu casa. Entonces ya no tendrás que fingir no verme, no necesitarás mirar hacia otro lugar…
El se movió, dispuesto a continuar su paseo por el mercadillo de los jueves por la mañana en el pueblo. La chica les miraba en silencio, sin intervenir, sólo su gesto ceñudo evidenciaba cierta impaciencia por continuar con sus compras, por dar término a aquella interrupción, aquel incordio, aquel intercambio de palabras de las que no era testigo por primera vez.
—Entrégame mis cosas —insistió ella casi cogiéndole por el brazo, reteniéndole sin atreverse sin embargo a tocarlo—. Dime tan sólo cuándo puedo pasar a recogerlo todo e iré, o mandaré a alguien, si lo prefieres.
—Apenas paro en casa… entre el hospital, el trabajo…
—¿No comprendes que de este modo nada ha concluido? —preguntó ella bajando el tono de voz. La gente pasaba junto a ellos, les empujaban, obligándoles a moverse y deslizarse como siguiendo inconexos pasos de baile. Comprendió que en el siguiente movimiento, él se zafaría, se escaparía una vez más, quién sabe por cuánto tiempo, y murmuró casi con desesperación:— Cuando me entregues lo que me pertenece, ¿entiendes lo que te digo?, desaparecerás. Dejarás de existir para mí.
Un súbito empujón y él quedó en libertad para alejarse; la chica vino a rodearle con sus brazos, como para establecer su propiedad sobre él, y padre e hija comenzaron a alejarse calle arriba. Ella todavía le gritó que le señalara un día, una hora, que iría, pero las palabras se perdieron sin sentido entre el alboroto del mercadillo, cual baratijas. El se volvió a mirarla por encima del hombro.
—Cualquier día, cuando quieras —dijo, y sonrió entonces, sabiendo que de nuevo mentía.
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martes, 30 de junio de 2009

De-Mente

Salieron juntas del Centro de Salud. Una en silencio, la otra gesticulando, nerviosa. De pronto, la más joven se revolvió contra la mayor y comenzó a golpearla, al principio como un niño pequeño enrabietado y frustrado pero luego, quizá por la pasividad con que se sometía a sus golpes, aumentó su violencia. La mayor se protegió entonces con los brazos, defendiendo tan sólo el rostro. Si algo murmuraba, nadie supo qué, pero las vieron volver sobre sus pasos para desaparecer tras la doble puerta de aluminio.
El Centro, de dos plantas rectangulares, se veía desierto desde la acera. A aquellas horas de la tarde algunos ventanales permanecían abiertos para rechazar el calor del súbito verano; si hubieran estado vestidos con cortinas, éstas habrían volado, hinchándose informes, a merced de un viento cruzado. Sonó como un estruendo, quizá el golpe de una puerta abierta o cerrada con impaciencia… y de súbito todo se llenó con la voz de ella, de la mujer más joven. Con su voz, que no con sus palabras, articuladas con dificultad, como si no supiera hablar, como si empleara un lenguaje extraño, como si en realidad fueran muchas las voces que luchaban por salir desde el interior de su garganta. De cualquier forma, escuchándola se entendía su reclamo, sus palabras malformadas querían estallar a modo de ruego desgarrado… La mujer, ya no una niña, es alta, de físico contundente, quién podría negar que no aparenta una amenaza, incluso cuando tres o cuatro hombres y mujeres comienzan a estrechar el cerco, obligados por sus batas blancas. Pero no se acercan lo bastante, la miran, se estudian y vigilan acaso mutuamente, aguardan. La mujer joven, cual un animal herido, se duele de algún mal profundo, una herida antigua por la que mana sangre fresca; sus alaridos rasgan el silencio, recorren el túnel en que parece haberse transformado el Centro solitario y estremecen, conmueven. Se lamenta sin palabras, llora sin lágrimas, sólo los sonidos inarticulados que huyen de su boca advierten de un reclamo, sea el que sea, mientras el gesto de sus manos lo apoya, lo afianza.
La observo un instante desde la infinita distancia que impone ese dolor suyo, tan personal, tan incontenible, tan hondo. Inspira lástima, el deseo de ir y abrazarla, calmarla, consolarla… pero al mismo tiempo impone el peligro de recibir su furia, ser víctima de su rabia… Por eso es quizá que nadie la toca, la rodean, acechan, esperan que las llamas se agoten en su pecho mientras cada cual parece desarrollar un ritual, una especie de baile que guía sus pasos hasta una sala donde finalmente la aíslan, a ella, pero no su voz, que no encuentra barrera, que corre libre todavía, que taladra los oídos y amenaza, que advierte que el suyo es un fuego que arde en sí mismo.
Llega la policía. Dos mujeres que observan y escuchan desde la calle siguen entonces su camino.
—¡Pobre! —exclama una de ellas cuando les pregunto; se lleva una mano a la sien en ese gesto tan habitual que empleamos para referirnos a los que no están en posesión de su juicio—. Cosas de novios… de hace mil años, cuando era niña. Al salir ha creído reconocer en el Centro a alguna vieja amiga, alguna rival, una chica que según ella, alguna vez le robó el novio… ¡Las cosas que están en su cabeza…!
Y la herida, real o no, sin cicatrizar, ha vuelto a abrirse en un río de furiosa sangre hirviente, en un reclamo hasta natural en cierto modo. ¡Sería tan fácil ser ella, estar en su lugar y conocer su locura! Y, sin embargo, estamos a salvo, alejados de la orilla de su abismo terrible. O queremos tener esa impresión. Y la cuestión es que cuando finalmente regresamos a nuestra casa, el castillo que nos resguarda, al cabo conseguimos olvidar que esa locura ajena no se acaba. Preferimos no pensar que mañana, quizá, puede nuevamente desatarse.


miércoles, 20 de mayo de 2009

Olvidó que era su sino

Olvidó que era su sino. Lo olvidó. Se despertó sin que nada presagiara lo que a mediodía se le vendría encima. A esa hora, era tal el sentimiento de extrañeza, de no ser ella, o de serlo realmente, quién sabe, que no logró reconocerse a sí misma en sus gestos, actitud y sentimientos. De tal modo que sencillamente pensó que era mejor morir. Lloró largamente, en silencio, porque tenía que hacerlo. Porque había olvidado cómo era aquello de sentirse ignorada, olvidada y sola. Porque se había forjado una esperanza, una loca ilusión; y no tenía derecho. Lloró porque la vida no perdona. Salió a la calle, donde las nubes y un sol radiante creaban sombras a su alrededor… Y conforme avanzaba, arrastrando los pasos uno tras otro, recordó que sonó el despertador, por dos veces lo apagó. Entonces se preguntó si realmente había despertado o acaso no.

Tamara de Lempicka
"La dormeuse"

domingo, 26 de abril de 2009

Una nube en los tacones

En la zapatería le muestran un calzado de lo más cómodo, y en las boutiques prendas que mutan del gris al negro en todos sus tonos. Observa las nubes en concentrada esperanza; no sabe desde exactamente cuándo, pero las reconoce y entiende su lenguaje de claros, lluvia y nubarrones; y hoy, no, no lloverá, acaso para privarla de razones, de excusas que la eximan de salir a pelear con los leones.
Pero sí, ¡entérate!, ella quisiera ser así, despreocupada, arriesgada, voluble y segura. Quisiera ir por la vida sin mirar continuamente dónde pone los pies, si esconde los ojos o juega con las manos, ignorar que amenaza lluvia y ha olvidado el paraguas, si hace calor y la bufanda se enrosca en su cuello robándole el oxígeno que precisan sus pulmones, si acaso sus palabras causarán mas estruendo que sus pasos en el silencio de la calle. Ella quisiera ser así, comprarse un vestido encarnado, escarlata encendido, que le animara el semblante. Quisiera calzarse otra vez aquellos tacones de vértigo que tanto le encantaban, que tan bien le sentaban porque en ellos volaba sin limitaciones. Quisiera salir a la calle sin comprobar primero que nada falte en su bolso, olvidar la cartera, un bolígrafo, el perfume o las llaves. Pero ya alcanza a ver nubarrones… Salvada por la campana que repica incontables miedos y temores, se olvidará por hoy de batallas y tacones.


jueves, 29 de enero de 2009

Alma, corazón y vida

Tenía una amplísima paleta de colores entre los que elegir el más apropiado, aunque ya de entrada le habían sugerido que descartara el negro y el blanco, demasiado clásicos, siempre controvertidos y contrarios. Alguien apuntó que descartara el rojo, de obvias connotaciones políticas, y también el amarillo por similares motivos. Que ignorara el azul y el rosa, demasiado simples, en exceso infantiles. Que evitara el verde, porque enorgullecería a los de la plataforma y no era plan de regalarles alas. El morado, por antigua tradición vinculado a la Cofradía del Nazareno, o el marrón, correspondiente al hábito de San Antonio, mejor omitirlos. El gris remitía a un pasado muy próximo, ¿o acaso no había participado en las manifestaciones nunca permitidas, siempre clandestinas? El marino recordaba al mar, carencias, mundos que deberían ser protegidos…

El caso es que cada vez que examinaba los colores disponibles se le acentuaba aquel escozor en los ojos, aquel dolor que con sólo las lágrimas remitía porque un propósito sencillo se había convertido en una empresa imposible y que acaso le costara la vida. Se trataba de escribir tres palabras que la humanidad había olvidado. Cierto que figuraban en el Gran Diccionario, pero no importaba que allí existieran cuando resultara tan fácil expulsarlas de los corazones.

Finalmente eligió con los ojos cerrados el color de la tinta. Pero su mano tembló al ir a escribirlas, y las palabras quedaron al borde de sus labios sin vida, postergadas hasta la elección del nuevo artista que hubiera de reproducirlas. Condenadas al olvido.


sábado, 20 de diciembre de 2008

El libro desaparecido

El libro desapareció exactamente aquella noche, amparado por ese astuto y y a la par benévolo silencio que en ocasiones dispensa al que se abandona a su sueño; y aunque varias personas ocupaban la sala de lectura a tan tardías horas, ninguna hubiera servido como testigo ante el Tribunal. Por la mañana muy temprano, la estancia fría y vacía, se descubrió el hueco que el volumen ocupaba en la estantería; el hecho, tan extraño, suscitó gran controversia, recíprocas sospechas y miradas de contenida indignación, porque por todos es sabido que robar un libro es robar una vida, la que adquiere en manos de cada uno de sus lectores. De incalculable valor, de contenido misterioso, el libro se definió asimismo como insustituible; no existía ningún otro ejemplar que pudiera ocupar el privilegiado lugar ni llenar el vacío de su predecesor.

—¿De qué hablaba el Libro? —quiso saber entonces una niña.

—Sus páginas desbordaban palabras de amor —respondió con pesadumbre el hombre que cuidara del volumen hasta su desaparición.

—¿Nadie conoce las palabras? —insistió la niña.

—Lamentablemente, todas no —respondió el hombre con manifiesto pesar.

—¡Comencemos por anotar las que recordemos! ¡Haremos un libro nuevo, sí, por favor! —gritó la niña—. Usemos palabras que nos salgan del corazón… llenémoslo con palabras de optimismo e ilusión, también de dolor y resignación. ¡Empiezo yo! —pidió, y pulcramente escribió—: En ángel que se durmió en la noche, el que tanto nos amó, no crean que nos abandonó. Marchó para transformarse en un ángel incluso mejor.