No trabajar el viernes por la tarde siempre fue algo así como una declaración de principios. Fíjate que ya en mi época de Instituto dejábamos las clases de latín y griego para el jueves porque el viernes era sinónimo de libertad. Pero, dime, ¿cómo le explico a la jefa mis razones sin que me responda el consabido lo tomas o lo dejas?
De modo que aquí estoy afrontando las horas más lentas, largas, e interminables de la semana. Estar sola en un edificio de cuatro plantas no templa precisamente los nervios, pero a mí me es indiferente; al final he decidido no hacer absolutamente nada, no mover un papel ni escribir una sola carta y venirme junto a la ventana. Me he sentado para mirar al otro lado del cristal, barcos y botes mecidos sin voluntad en un mar que se envalentona porque es invierno y amenaza con sobrepasar las barreras del muelle, allegarse a las casas y tal vez entrar en ellas y anegarlas como ya alguna vez hizo en el pasado.
Pese a todo, me gusta el día de hoy; desde la mañana amenaza tormenta y estoy segura de que en algún momento el cielo tendrá que ceder, no podrá contener esa furia… No sé cómo explicarte cuánto admiro a la Naturaleza cuando se manifiesta así, violenta, porque pienso que está en su derecho, ¿no estás de acuerdo? Seguro que no. Dirás que otra vez ando a vueltas con mis ideas extrañas… pero es porque no me comprendes, porque de la realidad sólo ves lo que tienes delante mientras yo intento implicarme y tomar parte. ¡Eh, eh! ¿Lo has visto? ¡Primer relámpago, intenso, brusco, como un latigazo en el aire…! Este sería el instante en que mi querida Tatá comenzaría a rezar el “Santa Bárbara, que en el cielo estás escrita…” para que proteja a los viajeros, a los hombres que están en la mar. Oh, sí, por favor, que no haya ninguna emergencia, que no suene la radio ni el teléfono, que no se produzca una llamada de socorro. Por favor, Santa Bárbara; es viernes, déjanos finalizar la semana sin novedad.
Me pregunto qué estará haciendo Toni, que hasta el sonido de un petardo la sobrecogía. Todo porque, envuelta en un miedo ancestral, a su madrina no se le ocurría nada mejor que arrastrarla consigo al refugio anti-tormentas en que llegó a convertir el hueco de la escalera de la vieja casa familiar; allí se pasaban la madrina y la niña el curso de la tormenta, a oscuras, abrazadas y amedrentadas. ¿Y aquella otra superstición de no abrir un paraguas dentro de casa? Por lo visto también atrae a la tronada. Nos reímos de tanta ingenuidad, ¿verdad?, incluso lo llamamos ignorancia, pero hasta tiene su encanto. Fíjate que Toni no recriminó jamás a su madrina por aquella mala costumbre, ni siquiera se la cuestionó; cuando ahora hay amenaza de tormenta, si es de noche, no duerme, se sienta en la cama e intenta leer después de haberlo cerrado absolutamente todo, puertas, ventanas, ruidos… resplandores. ¡Pero lo que daría por regresar a la seguridad que le ofrecían y garantizaban los brazos de su madrina en el hueco de aquella escalera!
¿Por qué estoy hablando de Toni y de todas esas cosas sin importancia? ¿Acaso porque la tormenta no se desarrolla sólo entre las nubes, sino quizá más intensa aquí entre nosotros, entre tú y yo? Sé que no vas a venir, y no porque la lluvia te lo impida. Sé que no vas a volver. Apenas distingo ya la línea del mar al fondo del muelle, la tormenta arrecia y la gente corre a refugiarse en sus casas. Si alguien me mirara desde el exterior, si se parara a contemplarme un instante detrás de estas enormes ventanas inundadas de luz en una tarde tan desapacible de invierno, pienso que la impresión que les daría sería la de un pez solitario, prisionero en una brillante pecera.
Pero hoy es viernes. Viernes por la tarde. Tiempo de libertad.
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domingo, 22 de marzo de 2009
jueves, 5 de marzo de 2009
Ligero equipaje
Me escribes diciendo que deseas mostrarme tus montañas, tu cielo, el mundo entero que te rodea ahí, en ese rincón tan pequeño. Me pides que vaya… ¡Cuánta angustia sólo al pensarlo! Los cambios me aterran, te consta. Viajar, lo detesto…
Pero, ¿sabes? Tengo ahí mismo una maleta, que envejece conmigo y a mi ritmo; espera hace tiempo que la llene y le de sentido. ¡Me llevaré pocas cosas! Verte al fin, mi viejito, mi amor, mi vida, mi amigo… estar contigo y compartir ese cielo que adoras es razón suficiente para que emprenda el camino.
Te quiero, sí. ¡Me reuniré contigo!
Pero, ¿sabes? Tengo ahí mismo una maleta, que envejece conmigo y a mi ritmo; espera hace tiempo que la llene y le de sentido. ¡Me llevaré pocas cosas! Verte al fin, mi viejito, mi amor, mi vida, mi amigo… estar contigo y compartir ese cielo que adoras es razón suficiente para que emprenda el camino.
Te quiero, sí. ¡Me reuniré contigo!
domingo, 8 de febrero de 2009
30 de Febrero
Cada vez que ocurre me juro a mí misma que será la última vez. Mi mente discurre frenéticamente y algún día, uno cualquiera, hallará el remedio eficaz que me ayude a no quererte nunca más como te quiero, a no necesitarte con el ansia de respirar o no y sobrevivir o morir; hallará acaso un remedio que me permita deslizarme como algo más que una sombra por el día a día de la existencia imposible a la que tus actos me han conducido.
¿Oyes el viento…? Sopla en el tejado, sacude las vigas, acecha en las rendijas… me alcanzará aquí encogida sobre mí misma, que soy el centro, el final, el principio, la incógnita, pregunta y respuesta de un odio sin sentido, de un amor imposible. Mírala. Esa cama vacía, lejana y fría, ajena y desconocida, donde soñamos más despiertos que dormidos y donde hoy podría buscar refugio contra el miedo y la desdicha, resulta que no me admite; quizá no me reconoce, como hace el tiempo con ciertos recuerdos que difumina o desdibuja.
Y vago por los pasillos, y cuando de repente te necesito y grito tu nombre y te busco a tientas y no te encuentro porque ya no estás, porque te has ido, y me siento sola y perdida, y te grito, llamo tu nombre, respiro tu aliento extinguido, te odio y te amo como el primer día, y te busco y te extraño, te desprecio y te aguardo… te odio con energía renacida, te odio por no estar conmigo, por haberme dejado así a la deriva, ignorando cuál de todos los posibles es acaso mi camino. De nada sirve prender la luz o extender el mapa de los destinos, no entiendo esos signos que señalan las calles de la vida, me siento como en un país extraño, sin moneda, sin lengua conocida, sin familia ni un amigo.
Te odio por amarme y por haberme mentido, por no decirme aquel día que la lucha estaba perdida. Me apartaste para alejarte, vete delante, ya te sigo. Una playa de aguas tranquilas fue tu único testigo. Te odio por no haberme pedido que me marchara contigo.
Y guardo recuerdos vaciando armarios y cajones como aquel que busca sus pasos desandando el camino. Rompo palabras, guardo silencios sin saber qué es más valioso, urgente o preciso… Cartas de amor junto a cartas de vinos, facturas, proyectos conjuntos y alguna reserva para imprevistos… Te odio por no dejarme respuestas ni alternativas. Dime, ¿qué hago con todo, con esta vida nuestra y ahora sólo mía, si no sé vivirla si no es contigo?
¿Oyes el viento…? Sopla en el tejado, sacude las vigas, acecha en las rendijas… me alcanzará aquí encogida sobre mí misma, que soy el centro, el final, el principio, la incógnita, pregunta y respuesta de un odio sin sentido, de un amor imposible. Mírala. Esa cama vacía, lejana y fría, ajena y desconocida, donde soñamos más despiertos que dormidos y donde hoy podría buscar refugio contra el miedo y la desdicha, resulta que no me admite; quizá no me reconoce, como hace el tiempo con ciertos recuerdos que difumina o desdibuja.
Y vago por los pasillos, y cuando de repente te necesito y grito tu nombre y te busco a tientas y no te encuentro porque ya no estás, porque te has ido, y me siento sola y perdida, y te grito, llamo tu nombre, respiro tu aliento extinguido, te odio y te amo como el primer día, y te busco y te extraño, te desprecio y te aguardo… te odio con energía renacida, te odio por no estar conmigo, por haberme dejado así a la deriva, ignorando cuál de todos los posibles es acaso mi camino. De nada sirve prender la luz o extender el mapa de los destinos, no entiendo esos signos que señalan las calles de la vida, me siento como en un país extraño, sin moneda, sin lengua conocida, sin familia ni un amigo.
Te odio por amarme y por haberme mentido, por no decirme aquel día que la lucha estaba perdida. Me apartaste para alejarte, vete delante, ya te sigo. Una playa de aguas tranquilas fue tu único testigo. Te odio por no haberme pedido que me marchara contigo.
Y guardo recuerdos vaciando armarios y cajones como aquel que busca sus pasos desandando el camino. Rompo palabras, guardo silencios sin saber qué es más valioso, urgente o preciso… Cartas de amor junto a cartas de vinos, facturas, proyectos conjuntos y alguna reserva para imprevistos… Te odio por no dejarme respuestas ni alternativas. Dime, ¿qué hago con todo, con esta vida nuestra y ahora sólo mía, si no sé vivirla si no es contigo?
domingo, 4 de enero de 2009
Silencio
Silencio:
Hace unos días, indiscreta, leí una carta. Palabras hermosas de quien te espera, que considera tu compañía muy preciada. Para mí, aunque igualmente me fuiste tan precioso e indispensable hay, sin embargo, ocasiones en las que no sé cómo llenarte y busco todas las formas, las voces, el viento, la lluvia, la tormenta, mas nada es bastante, nada sirve, todo fracasa.
Preciso un remedio para llenarte. Tú solo conmigo somos ya dos extraños, al poco te sientes incómodo y con miradas torpes, huyentes, nos apartamos. Eres imperfecto como un buen amigo. A veces te enfureces, a veces la alegría te exalta. A veces gritas, y a veces callas. Te ocultas, vienes o por un tiempo escapas. Te llamo y acudes para en seguida fundirnos en un abrazo.
Escuchas, silencio; escuchas y callas. Pero a veces, ¡oh, cuántas veces!, hablas de esa forma en que los sabios hablan, sabios como el Tiempo o su hermana Edad que, casi arrastrándose, todavía avanza. Con tu experiencia antigua, conoces mis demonios, mis dioses y mis fantasmas; nada te escandaliza ni espanta.
Por eso mismo y por más veces que te grite “¡vete!”, por favor, nunca te vayas. Aguarda un instante y corre luego a abrazarme, envuélveme, recógeme, ocúltame, guárdame. Contigo, Silencio, trae al Tiempo, la Edad y el Recuerdo que necesito perderme en sus mantos, en sus amplios ropajes. Aunque mi llanto quebrante las entrañas de tu descanso, aunque mi alegría inestable sacuda de algún modo tu ánimo, nunca, nunca del todo te vayas.
Hace unos días, indiscreta, leí una carta. Palabras hermosas de quien te espera, que considera tu compañía muy preciada. Para mí, aunque igualmente me fuiste tan precioso e indispensable hay, sin embargo, ocasiones en las que no sé cómo llenarte y busco todas las formas, las voces, el viento, la lluvia, la tormenta, mas nada es bastante, nada sirve, todo fracasa.
Preciso un remedio para llenarte. Tú solo conmigo somos ya dos extraños, al poco te sientes incómodo y con miradas torpes, huyentes, nos apartamos. Eres imperfecto como un buen amigo. A veces te enfureces, a veces la alegría te exalta. A veces gritas, y a veces callas. Te ocultas, vienes o por un tiempo escapas. Te llamo y acudes para en seguida fundirnos en un abrazo.
Escuchas, silencio; escuchas y callas. Pero a veces, ¡oh, cuántas veces!, hablas de esa forma en que los sabios hablan, sabios como el Tiempo o su hermana Edad que, casi arrastrándose, todavía avanza. Con tu experiencia antigua, conoces mis demonios, mis dioses y mis fantasmas; nada te escandaliza ni espanta.
Por eso mismo y por más veces que te grite “¡vete!”, por favor, nunca te vayas. Aguarda un instante y corre luego a abrazarme, envuélveme, recógeme, ocúltame, guárdame. Contigo, Silencio, trae al Tiempo, la Edad y el Recuerdo que necesito perderme en sus mantos, en sus amplios ropajes. Aunque mi llanto quebrante las entrañas de tu descanso, aunque mi alegría inestable sacuda de algún modo tu ánimo, nunca, nunca del todo te vayas.
Claustro de los Jerónimos - Lisboa
jueves, 1 de enero de 2009
Look, a new day has begun
Memoria:
¿Qué significa ese llanto, esa risa, ese desconsuelo, tanta euforia que te envuelve? Silencios, alboroto, murmullos y eco. ¿Qué ocurre, mi niña? ¿Qué es lo que se rompe dentro de ti que no encuentras modo de reconstruir los pedazos? No, no vayas a decirme que alguno se ha perdido. Oh, entonces juntas buscaremos, yo te ayudo, yo te guío, ilumino tu camino. ¿Es la casa de un amigo, el sendero junto al río, es un libro, una carta, o palabras que olvidaste? ¿Un perfume, un sonido o la voz que tu alma escucha cual si le hablaras tú misma?
No hay vacíos ni agujeros, ¿no ves que todo se llena, aunque sea con retazos? No hay oscuridad, no temas; asómate a la puerta hasta donde tus ojos alcancen.
Ven, toma mi mano, sírvete de mis brazos, recuéstate en mi hombro, alivia tu pena, llora el tiempo que precises, sonríe luego, háblame alegre. Recuerda, recuerda, sueña y anhela, vive, respira, aprecia, aprehende, toma, retén y para siempre conserva. Es la vida, es la vida. Mírala bien frente a frente. Abre la puerta y sal, un día nuevo te espera.
¿Qué significa ese llanto, esa risa, ese desconsuelo, tanta euforia que te envuelve? Silencios, alboroto, murmullos y eco. ¿Qué ocurre, mi niña? ¿Qué es lo que se rompe dentro de ti que no encuentras modo de reconstruir los pedazos? No, no vayas a decirme que alguno se ha perdido. Oh, entonces juntas buscaremos, yo te ayudo, yo te guío, ilumino tu camino. ¿Es la casa de un amigo, el sendero junto al río, es un libro, una carta, o palabras que olvidaste? ¿Un perfume, un sonido o la voz que tu alma escucha cual si le hablaras tú misma?
No hay vacíos ni agujeros, ¿no ves que todo se llena, aunque sea con retazos? No hay oscuridad, no temas; asómate a la puerta hasta donde tus ojos alcancen.
Ven, toma mi mano, sírvete de mis brazos, recuéstate en mi hombro, alivia tu pena, llora el tiempo que precises, sonríe luego, háblame alegre. Recuerda, recuerda, sueña y anhela, vive, respira, aprecia, aprehende, toma, retén y para siempre conserva. Es la vida, es la vida. Mírala bien frente a frente. Abre la puerta y sal, un día nuevo te espera.
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