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viernes, 26 de marzo de 2010

La Bella Durmiente se mira en el espejo

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... Se entregó a la voluntad del Espejo y éste tuvo a bien devolverle una imagen grata y complaciente en la que en seguida reconoció su misma juventud, el largo cabello de ébano, encaracolado una y mil veces; sobre la blanca camisa de encaje de Brujas, una túnica de rico terciopelo carmesí, calzados los pies con delicadas chinelas de seda y en el índice de la mano derecha un soberbio anillo símbolo de su dignidad real… En los labios sorprende la princesa el rastro de una sonrisa que denota su natural buen carácter y en los ojos almendrados el brillo de una nada desdeñable inteligencia. Pero todo, todo cuanto de sí misma observa puede echarse a perder, comprende de súbito, esta mañana de mayo, en un estado próximo al despertar.
...
... —¿Por qué duermo, pues, desde hace tanto tiempo que parece haber transcurrido toda una eternidad? —pregunta finalmente al Espejo.
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... —Porque sigues aguardando a tu príncipe azul —sentencia el Espejo, y añade con un punto de crueldad en la voz:— Y no uno cualquiera, al azar, sino el que crees reconocerás como tuyo. ¡Y así te va…!

....

jueves, 21 de enero de 2010

Albur

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¿Para quién el abismal infierno,
para quién la promesa del edén,

para quién la gloria y la victoria,
para quién la derrota vergonzosa?
..
¿Para quién el Bien, para quién el Mal,
si nacieron al unísono y formaron unidad,
la cara y su reverso,
imagen, reflejo y complemento
donde mirarnos cada cual?


Ilustración:  Kelly Murphy

martes, 24 de noviembre de 2009

Sobre la fragilidad

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Su destino parecía seguir idéntico curso, ni siquiera ellos mismos se cuestionaran que pudiera suceder de otro modo. No parecían existir el uno sin el otro. Sin embargo, esta tarde aguardaban que el anciano les hablara, que les interrogara hasta conocer y comprender la razón por la que habían roto su compromiso matrimonial tan bruscamente, cuando ya los preparativos para la ceremonia y el banquete estaban culminados, que intentara averiguar quien era el responsable y que, finalmente, procurara convencerles para que todo retornara a su orden natural, correcto.

Pero pasearon de un lado al otro del claustro en prolongado silencio, el anciano flanqueado por Kalen y Kendra, ambos igualmente altos y esbeltos, rubios y bellos, hasta regresar al pequeño jardín que todavía cultivaba con sus manos, y donde una hermosa acacia extendía su sombra sobre un estanque de límpidas aguas. El anciano introdujo una mano en el agua y observó, la superficie quebrada, las ondas que se extendían y multiplicaban.

—Cuando el espejo se rompe, ¿es suya la culpa por ser vidrio o somos nosotros los culpables por no apreciar su fragilidad y manipularlo sin la debida atención y cuidado? —inquirió el maestro—. De igual forma… cuando la amistad, el amor o un alma se rompe, ¿quién es el culpable?

Y con un gesto muy leve indicó a los dos jóvenes que se alejaran.


martes, 17 de noviembre de 2009

Mi reino por un espejo

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… y por tapiar un estanque,
no conoció Raiolán
el espejo de unos ojos
a los que asomarse.

Balada de Raiolán, la triste
(fragmento)


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Ocurrió que la nodriza era demasiado mayor y sorda. La princesita era tan bella, la reina había muerto en el parto, y la anciana tan sólo pretendía protegerla en su desamparo. Por eso cuando escuchó el augurio de la madrina diciendo que llegaría el día en que Raiolán hallaría un sapo en el fondo de un estanque… sencillamente se asustó tanto que, sin querer escuchar el resto del vaticinio, lloró amargamente por el destino que aguardaba a la desvalida criatura.

Pero pese a todas la precauciones del aya, torcidas por voluntad más poderosa que los buenos deseos que la guiaban, llegó el día en que Raiolán se asomó al interior del estanque y descubrió en el fondo, entre las ondas del agua, un ser que le pareció reconocer deforme y repulsivo, y aunque de algún modo la atraía hasta casi hechizarla por obra de un inexplicable encanto, el horror la empujó finalmente a alejarse. Y corrió y corrió hasta encerrase en el seguro refugio de sus aposentos, en lo alto de la solitaria torre que coronaba el castillo, exenta de comodidades reales.

—¿Qué es lo que he visto en el estanque? —preguntó más tarde Raiolán a la reina viuda, su madrastra—. ¿Qué secretos terribles allí se guardan?

—A vos misma os visteis —respondió la madrastra, que odiaba a Raiolán con toda el alma—, fue vuestro reflejo el que mirasteis.

La crueldad de la madrastra halló eco en la ingenuidad de la princesa, que creyó en la verdad de sus palabras. Y pasó un tiempo y Raiolán, incapaz de evitar la hipnótica atracción que sentía por mirarse nuevamente reflejada en el fondo del estanque, ordenó que todos sin excepción fueran tapiados de inmediato, incluso todos los pozos, las fuentes y regatos. También mandó retirar los espejos que adornaban las estancias de su casa, prohibió su uso y amenazó con castigo extremo, algo inusitado en una jovencita de carácter hasta entonces sensible y tierno.

Cuando la infeliz Raiolán falleció, ya anciana y sola, conocía de la existencia de los sapos, de repulsiva apariencia, de tacto desagradable, pues no era extraño verlos asomar por corredores y salones de su castillo desvencijado. De lo que nunca supo fue de la belleza que guardaba en sí misma, ni del vaticinio que acabó malogrado por el empleo de muy malas artes. Hubo piedad, sin embargo, en el hecho de que ignorara ese secreto que todo el mundo sabe, el que dice que a todos nos aguarda un sapo encantado, realmente mágico, destinado a transformarse con un beso en el príncipe que camina a nuestro paso hacia un destino rosado.

sábado, 28 de marzo de 2009

Máscaras

La eligió cuidadosamente: la más misteriosa e incluso hasta grotesca, seguro de que en su interior se ocultaría la más bella. La siguió y persiguió como un sueño inalcanzable, la admiró en la distancia cual un tesoro del pasado que nadie hubiera de tener en sus manos por prevenir el riesgo de dañarlo, un antiguo pergamino, un pedazo de papel a punto de desintegrarse, un secreto que, descubierto, pudiera emponzoñarse.

Cuando los labios ansiosos se acercaron dispuestos a besarla, la mano de ella detuvo las manos que se proponían desnudarla.

—Ya no es necesaria —murmuró él, decidido a finalizar el juego, quizás aburrido, quizá deleitándose en los placeres que la noche anticipara y que ahora pretendía robarle.

Pero ella se resistió y con gesto firme apartó las manos que procuraban arrancarle la máscara.

—Soy lo que ves —murmuró.

—¿Y lo que escondes? —quiso saber él.

—No hay nada oculto.

—No te creo —insistió él—. Déjame verte, aunque sea una sola vez.

—Como quieras —concedió—. Mírame y mírate bien, pues mirándome a ti mismo te ves.

Y fue así que se contempló a sí mismo por primera vez, y el horror de reconocer como propios aquellos rasgos que la máscara cubría en forma de misterio, promesas y silencios quedó fijado en su cara, cual pátina de cera convertida en nueva máscara.



lunes, 19 de enero de 2009

El Espejo de Diana

“… y en el espejo lo enfrentó la cara de siempre”.
“El libro de arena”
J.L. Borges



1

La admiración del profesor Ferreol por James G. Frazer lindaba lo patológico; no existía ningún otro que hubiera estudiado su obra ni la conociera tan en profundidad como él. Su vida entera, personal y profesional, giraba en torno a Frazer. Precisamente aquella tarde había finalizado un simposio que, bajo el título “La rama dorada”, había patrocinado el Departamento de Antropología de la Universidad del que era titular. Bajo los efectos de la magia de Baal, extasiado ante la belleza de la historia del santuario, por los mitos y ritos caldeos, diríase que Ferreol no ha abandonado la mítica ciudad de ocho torres coronada a modo de pirámide por un santuario donde la mujer más bella elegida entre las de Babilonia aguarda en un espléndido lecho la venida del dios, su consorte.

Mira a Martina junto a él, en esta cama desprovista incluso de cabezal, y ve tan sólo un joven rostro dormido, encendido como las anémonas, rojas por la sangre derramada de Adonis, la espléndida cabellera enroscada en la almohada al modo del muérdago sagrado encadenado en su destino al del centenario roble; el pensamiento de Ferreol gira inevitablemente hacia la rama dorada, símbolo del comienzo y fin de un reinado…

Se mira un instante en el espejo del armario entreabierto y sonríe con gesto conspirador a su imagen decrépita. En sólo unos días su juventud le será restituida, de modo que los motivos por los que las muchachas como Martina acaban en su lecho serán bien distintos. Le dirige una última mirada velada de desprecio antes de abandonar la habitación en silencio, casi subrepticiamente, para dirigirse en su propio auto al aeropuerto internacional.

Cuando el gran secreto de Frazer se le reveló finalmente en el transcurso de una extraña noche de sueños, logró imponer la sensatez de su carácter dominando su natural ansiedad y su urgencia por partir de inmediato para disponer con cautela todo lo necesario para este viaje a Italia; allí, al sur de Roma, en las colinas de Albano y a quinientos metros sobre el nivel del mar, le aguardaba el suave y plácido lago Nemi circundado de bosques envueltos por espesas nieblas.





2



No más la joven campesina le ofreció un canasto rebosante de sabrosas fragolines, Ferreol la miró con reconocimiento y desconfianza; supo al instante que era ella, y pues había obtenido obvio provecho del secreto temió que acaso quisiera reservárselo para uso privado o pedirle acaso una suma desorbitada, fuera de su alcance. Le humillaba el simple hecho de regatear y esta posibilidad le hizo anticipar un familiar sentimiento de desventaja.

Su temor se acrecentó con la amplia sonrisa de la muchacha, que asintió a sus palabras, comprendiendo su petición. Descendieron por el tortuoso desfiladero, ella en cabeza, confiado el andar, hasta detenerse tras un recodo. Posiblemente no hubiera otro lugar desde el cual la visión del entorno fuera más espléndida y perfecta.

—Dianae speculum —repitió suavemente la muchacha. Ferreol observó que aquellas dos palabras no sonaban extrañas en boca de la campesina, que señalaba el hermoso lago Nemi, de plácidas aguas, lecho de las naves ceremoniales de Calígula.

Ferreol la miró inexpresivamente al principio, luego comenzó a reír. Tomó a la muchacha por los hombros y la zarandeó sin miramiento, ajeno al daño que le infringía, ignorando la cesta de fresas que rodaba por el suelo tiñéndolo como de sangre al ser pisoteadas. Miraba y reconocía en ella a la vieja encorvada que en su sueño le había exhibido espejos, cristales rotos, fragmentos de magia falsa, a la anciana que le había advertido que entre ellos se ocultaba el verdadero, el poderoso, el único e irreemplazable Espejo de Diana, capaz de otorgar imperecedera juventud a quien lo poseyera.

No supo cómo ocurrió, acaso ni lo pretendía, pero la muchacha cayó al suelo y al hacerlo se golpeó la cabeza con una piedra. La muerte fue instantánea. En su crueldad rebuscó Ferreol entre sus ropas y encontró un pedacito de cristal deslucido aunque curiosamente enmarcado, un espejo pequeño de mano, como de cuento de hadas, y estuvo a punto de aullar de placer. Sin embargo, en los claroscuros de aquella noche de plenilunio no se apreciaba cambio alguno ni mutación sustancial de su aspecto, de modo que al final cayó dormido a un lado del camino, con el codiciado espejo arrebujado en su pecho, a salvo entre sus ropas, cercano al corazón. Quizá fuera necesario guardarlo así antes de recibir su merced.

Por la mañana, al levantar el sol sobre el lago, vinieron a despertarlo, lo acusaron y aunque nada negó, forcejeó para mirarse en el espejo, y al hacerlo, buscando el don prometido, el privilegio de la juventud recobrada, el cristal se quebró y el espejo lo enfrentó a la cara que siempre conoció, mas en su demencia se contempló Ferreol joven y atractivo. Sonreía feliz como un niño, ajeno a su destino de eterno cautivo.

Cuando abandonó Italia y regresó a su país, el único privilegio que se le concedió fue el de conservar en su celda una gastada lámina de autor anónimo que representaba el plácido Lago Nemi. Ferreol se miraba incansable en dicha lámina y sonreía. Ni un solo día dejó de sonreír al hermoso rostro, el suyo, que le devolvía la mirada desde la imagen de un lago al que también se conoce como “Espejo de Diana”.


John Robert Cozens - Lago Nemi