.....
2 de junio, viernes
... Antes de despedirnos esta tarde, la doctora G. nos ha pedido que durante unos días escribamos recuerdos… Sólo escribir, ha insistido, sin que hablemos entre nosotros de ellos, como si así las palabras resultaran innecesarias.
12 de junio, lunes
... Cada vez que nos portábamos mal, la abuela nos amenazaba con regresar algún día desde el Más Allá, convertida en espíritu fantasmal y ululante. Y la creíamos, claro, porque asomaba de pronto en la cocina templada, envuelta hasta la cabeza en un manto de luto y de lana; porque sus palabras resonaban entremezcladas en la tronada, en el eco de la lluvia golpeando en las ventanas. La creíamos, sobre todo, por el aura del creyón desde el que nos observaba el marido difunto, tan severo, tan extraño, a los pies de su cama en el cuarto junto a la sala. Y si la vela, gastada, titilaba y se apagaba, chillábamos entonces con el más puro espanto pero al tiempo reíamos muy, muy alto, por ocultar esa pizca de algún gozo extraño. Y cuando mamá nos decía que había que salir a la calle porque algo de la tienda se le había olvidado, cuando nos ordenaba subir al desván a buscar una manta, patatas para la cena o tal vez sólo la plancha, los niños nos rebelábamos, ninguna luz era bastante, pero ella comenzaba a apagarlas aunque la oscuridad nos sorprendiera con un pie a medias en el peldaño, el pánico pugnando por escapar de la garganta…
13 de junio, martes… tarde
... Porque, pasados los años, la abuela se fue dejando un hueco tan grande y eché tanto mal a mis espaldas que ni puedo ni quiero recordar la cuenta de lo acumulado aunque haya llegado por fin la hora de pagarlo, la doctora G. pretende ayudarme a comprender que nunca fui malo, pretende demostrar que mi único propósito al desencadenar tanto daño, fue que la persona a quien quise más que a nadie, regresara.





